Editorial
noviembre/diciembre 2002 Las enseñanzas de un abuelo

Pienso que ustedes no habrán olvidado lo que les relaté la última vez, es decir, cómo Dios hizo lo cielos y la tierra. Ahora quiero alentarlos a leer el capítulo 2 del libro de Génesis. Esto les ayudará a comprender lo que quiero explicarles a continuación.

Todo lo que Dios había hecho era “bueno en gran manera”. Él creó a un hombre y a una mujer. El hombre se llamaba Adán y la mujer Eva. A fin de que ellos fuesen felices en la tierra, Dios había plantado un maravilloso jardín, el huerto de Edén, llamado también el paraíso terrenal. El capítulo 2 del libro de Génesis nos ofrece una descripción de ese huerto.

Allí se podían ver agradables árboles que daban buenos frutos para comer. Estos frutos eran para alimento del hombre. Los animales se alimentaban de la hierba verde de la tierra. Este huerto era regado por cuatro ríos. ¿Recuerdan los nombres de estos ríos? El primero se llamaba Pisón, el segundo Gihón, el tercero Hidekel y el cuarto Éufrates. Los dos primeros han desaparecido; no sabemos qué sucedió con ellos. El tercero, que aún hoy discurre sus aguas, es el Tigris, y el cuarto todavía se llama Éufrates. En un mapa de Asia hallamos fácilmente la ubicación geográfica de estos dos últimos. El libro de Apocalipsis, en el capítulo 16, versículo 12, nos dice que en un futuro próximo las aguas del río Éufrates se secarán. Dios hace lo que quiere en los cielos y en la tierra. “Él convierte los ríos en desierto, y los manantiales de las aguas en sequedales” (Salmo 107:33).

Cuando leemos la Biblia notamos que a menudo se mencionan ríos, corrientes de agua, torrentes y arroyos. Hoy no podremos desarrollar el tema de los ríos, pero ustedes podrán hacerlo por sí mismos si le dedican algún tiempo y buscan en una concordancia de la Biblia todos los pasajes donde se mencionan los cursos de agua. Les resultará muy interesante. Notarán que muchos de ellos son una figura de la gracia de Dios. La gracia corre como un río que no se agota y que jamás se seca, tal como cantamos en un conocido himno.

Dios había puesto a Adán en ese hermoso huerto para que lo labrara y lo guardase. Vemos que, aun en el paraíso, el trabajo es algo muy bueno y que está ordenado por Dios. La pereza siempre es algo malo y es la fuente de muchos males. El libro de los Proverbios, que nos enseña cómo tenemos que conducirnos en la tierra, a menudo nos advierte contra ese vicio. Les citaré uno de los pasajes donde se menciona esto: “Vé a la hormiga, oh perezoso, mira sus caminos, y sé sabio; la cual no teniendo capitán, ni gobernador, ni señor, prepara en el verano su comida, y recoge en el tiempo de la siega su mantenimiento. Perezoso, ¿hasta cuándo has de dormir? ¿Cuándo te levantarás de tu sueño? Un poco de sueño, un poco de dormitar, y cruzar por un poco las manos para reposo...Así vendrá tu necesidad como caminante, y tu pobreza como hombre armado” (Proverbios 6:6-11).

No sabemos si Adán cultivó bien el huerto; pero, desgraciadamente, vemos que no lo supo guardar. Desde hace mucho tiempo ese jardín está perdido y nadie lo podrá volver a encontrar. Es inútil querer buscar la felicidad en la tierra. Pero hay una paraíso celestial en el cual el Señor Jesús introducirá a los suyos dentro de poco. Todos aquellos que han hallado en Él a su Salvador estarán allí, con Él, para siempre. Leemos la descripción de este paraíso en los primeros versículos del capítulo 20 del libro de Apocalipsis. Allí volvemos a ver muchas de las cosas que estaban en el huerto de Edén: el río, el árbol de vida, los frutos. Me agrada pensar que todos ustedes se regocijan con la esperanza de entrar allí muy pronto. ¡Qué hermoso será todo! Ya no habrá enfermedades, ni maldición, ni noche. El Señor Dios hará brillar su luz sobre todos los bienaventurados habitantes de ese santo lugar. Aquí aprovecho para señalarles que el nombre “Señor Dios”, que hallamos en el libro de Apocalipsis, es equivalente al de “Jehová Dios”, mencionado en el libro del Génesis.

“Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre” (Génesis 2: 19). Por este hecho vemos que la sabiduría y la inteligencia de Adán eran extraordinarias. Hoy los sabios estudian los animales, pero ¡con cuántas dificultades se encuentran para poder hacerlo! Ellos pasan toda su vida estudiándolos. Dios estableció a Adán para señorear sobre toda la creación. Él dominaba sobre todas las obras de Dios. En esto era una figura de Cristo a quien se lo llama “el postrer (último) Adán” (1.ª Corintios 15:45), quien pronto reinará sobre todo el universo. Al respecto, leamos el Salmo 8, que nos habla de esos tiempos felices. Notaremos que quienes alabarán al Señor en ese glorioso día serán los niñitos. Mientras esperamos esto empleemos la voz que Él nos da para entonar cánticos de gloria a Su nombre.

Traducido de «Les enseignements d’ un grand-père»
(Las enseñanzas de un abuelo) de A.Guignard.


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