Seguramente, muchos de ustedes han oído hablar de estos hermanos. Los
tres ocuparon un lugar particular en el pueblo de Dios. Desde su juventud, ellos
pasaron por circunstancias muy dolorosas.
Faraón había ordenado que matasen a todos los niños hebreos
que nacieran, arrojándolos al río. Moisés fue salvado de
las aguas mediante la intervención de Dios, quien respondió a
la fe de los padres del niño. Pero Moisés fue instruido en la
casa de Faraón. Volvemos a encontrar a estos tres hermanos, ya adultos,
cuando el pueblo de Israel salió de Egipto y, finalmente, durante la
peregrinación en el desierto.
Consideremos con algún detenimiento lo que la Biblia dice respecto a
estos hermanos:
María era la mayor de los tres hijos de Amram y Jocabed. Se la
menciona por primera vez en el capítulo 2 del libro del Éxodo.
Ella tenía que vigilar qué sucedería con su pequeño
hermano, a quien su madre había colocado en una arquilla y luego había
puesto entre los juncos a la orilla del río Nilo. No está escrito
si María tenía ganas de hacerlo; simplemente leemos que estuvo
allí. Ella fue obediente y eso le dio la ocasión de hablar en
favor de su pequeño hermano Moisés a la hija de faraón,
quien descubrió la arquilla. Esa intervención permitió
que su madre continuara cuidando al bebé. Quizá te acuerdes de
María si un día tienes que cuidar a tu pequeño hermano
o hermana.
No se menciona a Aarón hasta el capítulo 4 del libro del
Éxodo. En los capítulos anteriores se habla principalmente de
Moisés. Aarón era el segundo hijo de Amram y Jocabed. Los
dos hermanos, Moisés y Aarón, iban a llevar a cabo juntos una
gran misión, que consistía en librar de la esclavitud y hacer
salir de Egipto al pueblo de Israel, para llevarlo a la tierra prometida. En
ese momento ellos no se encontraban en el mismo lugar, porque cuando Moisés
huyó de Egipto, su hermano se había quedado allí. Primeramente
Dios quería confiar esa tarea a Moisés, pero éste no se
mostró muy entusiasmado para aceptarla. Interpuso diferentes pretextos.
Primero pensaba que no estaba a la altura de tal misión. Luego pensaba
que los israelitas no le creerían si les hablaba del plan de Dios. Finalmente
se excusaba diciendo que no podía hablar bien. Dios respondió
a todos estos argumentos con mucha paciencia, intentando infundirle valor. Pero
Moisés aún se negaba, diciendo: ¡Ay Señor!
envía, te ruego, por medio del que debes enviar (4:13), dicho de
otra manera: «A decir verdad, yo no tengo el valor para llevar a cabo
esta tarea, envía a algún otro que pueda hacerlo.» Luego
leemos: Entonces Jehová se enojó contra Moisés.
Dios no respondió a la última excusa de Moisés; simplemente
le dijo que Aarón, su hermano, estaría con él para ayudarlo.
Entonces Moisés estuvo dispuesto a partir.
Dios también le ordenó a Aarón: Vé a recibir
a Moisés al desierto (v. 27). Aarón obedeció y fue
sin conocer exactamente cuál era el motivo de ese encuentro, ni el camino
que tenía que recorrer. Aarón, efectivamente, encontró
a su hermano pues Dios los había guiado a ambos uno hacia el otro. El
ejemplo de Aarón nos enseña que si obedecemos a Dios y estamos
dispuestos a hacer su voluntad, él dirigirá todas las cosas de
manera maravillosa.
Más adelante, durante la larga peregrinación en el desierto,
Dios nos habla de ellos muchas veces. Las tareas que realizaban eran muy diferentes:
María servía a Dios como profetiza. Aarón
era el sumo sacerdote, representante del pueblo ante Dios. Moisés
condujo al pueblo de Israel hasta las fronteras de la tierra prometida. Juntos,
ellos servían a Dios entre el pueblo, tal como Él se los había
ordenado.
Hay una ocasión muy instructiva y muy seria en que volvemos
a encontrar juntos los nombres de estos tres hermanos. En el capítulo
12 del libro de Números, leemos que María y Aarón
hablaron contra Moisés (v. 1). Nos causa tristeza leer que incluso
entre hermanos y aunque cada uno de ellos cumplía un servicio para Dios
María y Aarón llegaran a murmurar contra Moisés,
porque él había tomado mujer cusita* (o etíope).
El versículo 2 nos muestra la causa de esa murmuración: ellos
tenían celos. María y Aarón, muy simplemente, estaban celosos
porque Moisés había sido escogido por Dios para cumplir una muy
importante función entre el pueblo.
Murmuración... celos... Nosotros conocemos esto ¿no es así?
¡Oremos al Señor para que él guarde nuestros pensamientos
y nuestra boca!
Pon guarda a mi boca, oh Jehová; guarda la puerta de mis
labios (Salmo 141:3).
El que guarda su boca y su lengua, su alma guarda de angustias
(Proverbios 21:23).
Los celos de María y de Aarón, los acercaba mucho a la codicia.
La codicia consiste en desear indebidamente algo que el Señor no nos
dio; y a lo largo de toda la Biblia se la denuncia como algo muy malo.
Lo cierto es que María y Aarón, movidos por los celos llegaron
a murmurar. Podríamos decir: «¡Oh, eso no es tan grave!;
Moisés ni se enteró...» Pero leemos: Y lo oyó
Jehová (v. 29). ¡Dios había escuchado todo! ¡He
aquí Alguien en quien no siempre pensamos, pero que ve todo lo que hacemos
y oye todo lo que decimos!
Esto ¿no nos hace reflexionar?
Jehová reprendió públicamente al hermano y a la hermana
de Moisés, y María fue herida de lepra.
Aarón tuvo la honestidad de confesar su falta a Moisés (v. 11)
e intercedió por su hermana.
En esas circunstancias vemos resplandecer un bello rasgo del carácter
de Moisés. Este hermano que acababa de oír que su hermana lo había
ofendido, rogó por ella con fervor y conmovedora simplicidad: Te
ruego, oh, Dios, que la sanes ahora (v. 13). Y Dios lo escuchó.
Sepamos también nosotros orar unos por otros:
Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros,
para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho
(Santiago 5:16).
* Es difícil precisar si la mujer cusita
era Séfora u otra mujer; pero esto no cambia nada acerca de la instrucción
que recibimos mediante este relato.