Historias
Fragmentos de arcilla, rollos, libros... y, naturalmente, el alfabeto

Según la tradición, el faraón Djer —que reinó durante 57 años, hacia el año 3010 antes de Cristo—,deseaba que la biblioteca de Alejandría permaneciese como la más grande del mundo. Para conseguirlo, impidió la exportación de papiro; pero este hecho estimuló la investigación para la elaboración de un nuevo material de soporte para la escritura: el famoso pergamino. Eso es lo que vimos en nuestro número anterior.

Cuando se comenzó a escribir en pergaminos, se los utilizaba en forma de rollos. Su uso empezó a generalizarse unos doscientos años antes de nuestra era. Los primeros libros del Nuevo Testamento fueros escritos tanto en papiros como en pergaminos. Este último presentaba una gran ventaja frente al papiro, pues se conservaba mucho mejor, sobre todo en las regiones donde el aire es húmedo y cálido. Pero, por desgracia, su precio era mucho más elevado. Por eso en esa época, cuando las personas de modesta situación económica querían escribir algo, tomaban fragmentos de arcilla provenientes de vasijas quebradas y las usaban como soporte de sus escritos. Utilizando tinta negra, sobre esos fragmentos asentaban notas, extendían facturas, recibos y a veces escribían textos más extensos, como cartas. Tales fragmentos se llaman: ostrakon.

A principios del siglo V de nuestra era se utilizaba únicamente el pergamino, hasta que a comienzos del siglo IX empezó a generalizarse la utilización del papel.

Cuando comenzó a escribirse el Nuevo Testamento apareció otra novedad. Se trataba del libro, que fue reemplazando poco a poco a los viejos rollos de escritura. El principio utilizado era muy simple: las hojas de papiro o de pergamino eran clavadas unas a otras para formar un conjunto. Los primeros libros se llamaron códices .

Entre el momento en que apareció el papiro y el descubrimiento del pergamino sucedió otro acontecimiento muy importante, que podemos compartir contigo valiéndonos de algunas anécdotas. Se trata del descubrimiento del alfabeto.


Fenicia, ciudad de Ugarit, alrededor del año 1500 antes de Cristo:

—¡No comprendo nada! —dice la joven Nanna, mirando a su hermano Enki, mientras agrega aceite de sésamo a la masa que está elaborando— ¿Por qué debes memorizar más de 600 signos silábicos para aprender a leer? ¡Existe una manera mucho más simple!

Enki se rasca la cabeza. ¡Nanna es tan fastidiosa! ¡Ella siempre cree saber más que todos los demás!

Nanna deja de lado su actividad culinaria y exclama:

—¡Mira! ¡Tengo una idea! Seguro que estarás de acuerdo conmigo si afirmo que nuestra lengua no utiliza más de 20 o 30 sonidos diferentes. Asignémosle un signo a cada uno de estos sonidos. ¡Así podremos escribir todas las palabras por medio de 20 o de 30 signos!

Enki escucha a su hermana con creciente entusiasmo y dice:

—¡Eso es aún más sensacional que las tortas de dátiles que tú preparas! ¡Voy a tratar de hacerlo inmediatamente!

Alfabeto de Ugarit

En la misma época, en alguna otra parte de Fenicia:

El joven Hiram muestra a Ischebel, su hermana menor, la nueva idea de su profesor de escritura.

—Ahora sólo debo memorizar 20 signos para poder escribir. ¡Esto resulta tan simple, que se puede enseñar a escribir a todo el mundo!... ¡Incluso a las niñas! ¡Yo ya no escribo más b (que es el signo «bet») para escribir la palabra «casa», sino b para indicar el sonido «b»!

En una ciudad de Israel, doscientos años más tarde (1300 años antes de Cristo):

Birsa y Lilit aprenden a escribir. Les enseña su padre, quien al volver de su último viaje a Tiro trajo de allí un modelo de los nuevos signos que se utilizan para escribir.

—¡Qué fácil es escribir de esta manera! ¡Es tan simple! —exclama Lilit.

En la isla de Creta, unos 1000 años antes de Cristo:

Minos e Ilona preparan sus lecciones: el sonido «a» lo representan por escrito con la letra alfa (a); «b» con la letra beta (b), «g» con la letra gamma (g), «d» con la letra delta (d), etc. ¡Ha nacido una nueva tabla de signos! Ésta recibe el nombre de «Alfabeto» (del nombre de las dos primeras letras: alfa y beta).

Y así, sin interrupción, 3000 años después, tanto en Europa, como en África, en América y en todo el mundo:

Alberto y Marta, Sean y Ann, Laurent y Leonie, Lisa y Joas, Nelson y Hava... ¡todos aprenden el alfabeto!

Como hay muchos menos sonidos que palabras en una lengua, ¡es mucho más simple y racional atribuir un signo a un sonido en lugar de atribuirlo a una palabra! Éste es el principio que utiliza el alfabeto.

Pero existe un alfabeto del cual tú debes también aprender algo. En Apocalipsis 21:6 está escrito: “Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida.” Esta persona es el Señor Jesús, quien da el agua de la vida. Alfa (a) es la primera letra del alfabeto griego; omega (w) es la última. Esto significa que Jesús es el primero y el último, el que era antes de todo y el que permanece para siempre; en una palabra, el que es eterno. En el capítulo 4 del evangelio según Juan, versículo 14, el Señor Jesús habla del agua de la vida:

“El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.”

Entonces, ¡no esperes! ¡Cree en el Señor Jesús y serás salvo!

Ostrakon


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