Reflexiones
Una curiosa oración

Un día, hace mucho tiempo, un creyente iba a una reunión que se llevaría a cabo con otros creyentes de su localidad. Caminaba bordeando una cerca, tras la cual se extendía un prado donde estaban pastando unas ovejas. Repentinamente oyó la voz de un niño que recitaba en voz muy alta el alfabeto: «A, B, C, D...»

El creyente se detuvo y, mirando entre los arbustos, vio a un muchacho de unos diez años que miraba al cielo mientras continuaba su enumeración: «...X, Y, Z». Luego se acercó a él y entabló un diálogo, preguntándole amablemente:

—¿Por qué recitas el alfabeto?

—Yo tengo muchos deseos de hablar a Dios, pero no conozco ninguna oración —respondió el jovencito—. Pienso que Dios sabrá ordenar las letras que estoy recitando y que Él comprenderá lo que quiero decirle.

—¿Has ido a la escuela, muchacho?

—Sí, pero no mucho tiempo, pues debo cuidar las ovejas.

—Oye: Ciertamente, Dios escucha lo que tú quieres decirle. Pero para hablarle no necesitas saber oraciones de memoria. ¿Cómo hablas con tus padres o con tus amigos?

—¡Con mis palabras!

—Precisamente, lo haces con las palabras que utilizas todos los días. Del mismo modo, podemos hablar a Dios como hablamos con nuestro padre o con un amigo.

Y tú, ¿sabes hablarle a Dios? ¿Lo haces a menudo?

“Oh Dios, oye mi oración;
escucha las razones de mi boca...
Escucha mi oración hecha de
labios sin engaño”
(Salmos 54:2 y 17:1)


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