(Génesis 45:13)
Desde el principio de su historia, aborrecido por sus hermanos porque era
el amado de su padre, vemos a José como un tipo de Cristo, uno de los
más hermosos que hallamos en los escritos del Antiguo Testamento.
Así como Cristo, en el tiempo conveniente, se presentó para ser
enviado a este mundo, declarando a su Padre: He aquí que vengo,
oh Dios, para hacer tu voluntad (Hebreos 10:9), también José
estuvo dispuesto a ir al encuentro de sus hermanos: Heme aquí
(Génesis 37:13).
Despreciado y rechazado por ellos, así como, mucho tiempo después,
Cristo había de serlo por los suyos, José fue vendido a los ismaelitas
por veinte piezas de plata (ibíd. v. 28), tal como el Señor fue
vendido por treinta piezas de plata, hermoso precio irónica
expresión con que lo apreció su pueblo (Mateo 26:15; 27:3-10;
Zacarías 11:12-13).
Los hermanos de José como los hombres respecto a Cristo
pensaban que de este modo habían terminado con él; y no habiendo
oído hablar de él durante veinte años, sin duda consideraban
que había muerto (véase Génesis 44:20).
Pero las circunstancias fueron dirigidas por Dios de tal manera que los hermanos
de José iban a ser colocados frente a aquel a quien creían desaparecido
para siempre.
En figura vemos, pues, a Cristo, primero muerto y luego resucitado. Sin embargo,
para que José pudiese darse a conocer a sus hermanos, era necesario que
previamente se realizara en ellos un trabajo de conciencia, a fin de que fuesen
conducidos a confesar sinceramente su pecado.
Los hechos que se relatan en los capítulos 42 a 44 del Génesis
nos demuestran con qué sabiduría obró José para
que ese trabajo fuese realizado hasta su conclusión. El resultado fue
notorio: sus hermanos, conducidos así a la luz de Dios, dijeron: ¿Qué
hablaremos, o con qué nos justificaremos? Dios ha hallado la maldad de
tus siervos (44:16). Entonces José pudo darse a conocer a ellos.
Es lo que vemos en la conmovedora escena descrita en al capítulo 45.
Y dijo José a sus hermanos: Yo soy José (v. 3). Estos
versículos nos hacen pensar en el día en que el remanente restaurado
levantará sus ojos hacia Aquel que anunció proféticamente
su regreso: Y mirarán a mí, a quien traspasaron (Zacarías
12:10).
Pero en la actualidad, sin duda, podemos aplicarlos a nosotros en aquello que
nos concierne: reunidos alrededor del Señor, ¿no lo oímos
decir: «acercaos a mí... yo soy Jesús»? Tal como José
invitó a sus hermanos: Acercaos ahora a mí (v. 4),
así también nosotros somos exhortados a acercarnos al Señor.
Luego, cuando los hermanos respondieron a su invitación, José
les repitió las mismas palabras: Yo soy José, pero
entonces añadió: vuestro hermano (v. 4). ¡Cuán
preciosa es la reunión de los redimidos alrededor de Aquel que no
se avergüenza de llamarlos hermanos (Hebreos 2:11)!
Sin embargo, en la figura que estamos considerando, la frase: El que
vendisteis para Egipto, nos trae a la memoria la muerte de Cristo y nuestra
culpabilidad. Pero inmediatamente la gracia se expresa, pues ella puede ser
manifestada a aquellos que han confesado su pecado: Ahora, pues, no os
entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para
preservación de vida me envió Dios delante de vosotros (v.
5).
Si se señala nuestra responsabilidad, también se menciona lo
que proviene de parte de Dios; de modo que si leemos: A éste (a
Jesús)... prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole,
también se nos dice que fue entregado por el determinado consejo
y anticipado conocimiento de Dios (Hechos 2:23).
Para que el consejo de Dios fuese cumplido era necesaria la muerte de Cristo,
era necesario que José fuese vendido para Egipto, para que
los suyos tuviesen preservación de vida. ¡Qué
gran liberación (Génesis 45:7) fue operada por medio
de José en favor de sus hermanos! ¡Cuánto más grande
es la liberación en virtud de la cual nosotros tenemos la vida eterna,
y que es fruto de la obra expiatoria de Cristo!
José, pues, fue el instrumento de esta gran liberación,
necesaria para preservación de vida de los suyos. Por otro
lado José obró de una manera que permitió que en sus hermanos
se operase un trabajo de corazón y de conciencia que los condujera a
confesar su pecado, a fin de que ellos pudiesen entablar con él una relación
en plena libertad. ¡Qué figura tan ilustrativa del doble trabajo
realizado por Cristo!
Vemos primero lo que hizo a favor de nosotros en la cruz y luego lo que obró
en nosotros, para que, habiendo nacido de nuevo, podamos gozar de los resultados
de su obra expiatoria y de una feliz comunión con Él. De ahí
en adelante, constituidos como familia de adoradores, fuimos hechos capaces
de adorar al Padre en espíritu y en verdad (Juan 4:23-24).
¿Qué podríamos presentarle, en el poder del Espíritu
Santo, sino la gloriosa Persona de su Hijo, su Amado?
Y el Hijo mismo, quien entona la alabanza en medio de la congregación
para conducirnos en la adoración que debemos ofrecer al Padre, nos dice
cómo alabarlo de la manera que le agrada: Haréis, pues,
saber a mi padre toda mi gloria. ¡Toda su gloria! La gloria que
tenía con el Padre antes que el mundo fuese (Juan 17:5),
su gloria como Creador de todas las cosas, como primogénito de
toda creación (Colosenses 1:15-17), su gloria como Aquel que
sustenta todas las cosas con la palabra de su poder (Hebreos 1:3), su
gloria manifestada en el hecho de anonadarse despojándose a sí
mismo, y luego en su humillación voluntaria (Filipenses 2:6-8), su gloria
en el humilde pesebre de Belén (Lucas 2:12-14), su gloria como Hombre
perfecto, cumpliendo completamente la voluntad del Padre, quien pudo abrir su
cielo sobre Él y decir: Éste es mi Hijo amado, en quien
tengo complacencia; a él oíd (Mateo 17:5), la gloria del
Hombre Cristo Jesús quien, al finalizar su camino en este mundo, pudo
decir a su Padre: Yo te he glorificado en la tierra (Juan 17:4),
la gloria que brilló en la cruz, en medio de las tinieblas y de la ignominia:
Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él
(Juan 13:31), la gloria que lo corona habiendo acabado la obra a
la diestra de la Majestad en las alturas (Juan 13:32; Hebreos 2:9 y 1:3; 1.ª
Pedro 1:21), la gloria que desea que compartamos con Él (Juan 17:22),
sus glorias futuras como Rey de Israel y como Hijo del Hombre en el dominio
universal que ejercerá según el Salmo 8, la gloria eterna del
Hijo de Dios a quien contemplaremos eternamente (Juan 17:24). ¡Toda su
gloria!
Cuando nos llegamos a la presencia de Dios, reunidos alrededor del Señor
para adorar, no nos limitemos a expresar solamente nuestra gratitud por la gran
liberación de la que hemos sido objeto y por las bendiciones con las
cuales ahora estamos enriquecidos.
En el altar de bronce, tipo de la cruz de Cristo, debía ofrecerse el
holocausto entero, la grosura del sacrificio de la ofrenda de paz y también
la grosura del sacrificio por el pecado (Levítico 1:9; 3:3-5; 4:8-10);
el altar de oro era apropiado para quemar el incienso (Éxodo
30:1). ¡Qué perfume percibía Dios cuando, mediante la acción
del fuego, el incienso ardiendo imagen de la intercesión de Cristo
y de sus insondables perfecciones exhalaba su buen olor!
Los actos de presentar la ofrenda vegetal con todo el incienso
(Levítico 2:2), de exaltar el sacrificio efectuado en la cruz, perfecto
holocausto y perfecto sacrificio por el pecado, de celebrar las infinitas glorias
de Cristo haciendo quemar el incienso sobre el altar, describen
el culto que estamos llamados a rendir.
El fuego que servía para quemar el incienso se tomaba del altar de bronce
y había sido encendido desde el cielo: Salió fuego de delante
de Jehová (Levítico 9:24). Cuando la víctima había
sido consumida en el altar de bronce figura de Cristo ofrecido y habiéndose
ofrecido él mismo como sacrificio perfecto, el incienso podía
subir a Dios.
Para quemar el incienso en el altar de oro es preciso que recordemos lo que
pasó en el altar de bronce; de manera que en el culto sería normal
comenzar por el altar de bronce y luego pasar al altar de oro. Sin embargo,
es conveniente que dejemos toda la libertad al Espíritu Santo para que
él oriente la alabanza de la asamblea.
Respecto al altar de oro, está escrito: No ofreceréis sobre
él incienso extraño, ni holocausto, ni ofrenda (Éxodo
30:9). El incienso, buen olor de Cristo para Dios, nos habla de la persona de
Cristo en sí misma, mientras que los diversos sacrificios resaltan
lo que la Persona hizo. Esto último fue cumplido fuera del lugar
santo, lo que nos permite comprender por qué no se ofrecían sacrificios
en el altar de oro, ni holocaustos, ni ofrendas vegetales.
Sólo nos resta decir que estas cosas están estrechamente ligadas:
la vida perfecta es la de Cristo; el sacrifico perfecto es el de Cristo y la
excelencia de su Persona nos habla de la perfección de su vida y de su
sacrificio en la cruz. ¡Se necesitaba tal Persona para vivir tal vida
y ofrecer tal sacrificio!
El incienso compuesto, un perfume según el arte del perfumador,
bien mezclado (o: sazonado con sal), puro y santo era cosa sagrada
para Jehová (véase Éxodo 30:34-38). Sólo Dios
puede apreciar plenamente las perfecciones y las glorias de Cristo, pero él
desea que vayamos a su presencia y, dirigidos por el Espíritu Santo,
le hablemos de Jesús. ¿Podría haber algo de mayor agrado
para Dios que la Persona de su Amado?
El culto consiste en presentar a Dios la vida perfecta de Jesús, cuyo
tipo hallamos en la ofrenda vegetal; en presentar el sacrificio perfecto, cuya
figura tenemos en el holocausto, es decir, lo que fue entregado enteramente
para Dios, pero también consiste en hablarle de la Persona misma de Aquel
que vivió tal vida y sufrió tal muerte. ¡Éste es
el culto en su carácter más elevado!
Velemos para que nuestro corazón esté ocupado por Cristo, nutrido
por Él mismo de sus hermosuras y de sus glorias, a fin de que nunca dejemos
de lado lo que es el aspecto más precioso para el Padre: la alabanza
que la Iglesia es llamada a presentarle.
Pensemos, ante todo y por encima de todo, en lo que Cristo ha sido para Dios
en su vida y en su muerte; meditemos en lo que ha sido y será por la
eternidad para Él en su Persona, y que de esa manera se nos conceda el
gozo de entrar en el lugar santo y llegar al altar de oro para quemar
el incienso allí.
¡Recordemos las palabras de nuestro verdadero y divino José: Haréis,
pues, saber a mi padre toda mi gloria!