Apocalipsis 22:7, 12, 20
En la Palabra, todas las promesas están llenas de dulzura, pero ninguna
es más dulce que la que el Señor expresa tres veces en el último
capítulo de la Biblia. Sin embargo, han transcurrido cerca de dos mil
años desde el día en que estas palabras fueron dictadas por el
Espíritu de Dios. No pensemos que el Señor ha olvidado su promesa
o que no es su deseo tenernos pronto alrededor de sí. Pero Él
es paciente para con el mundo y no quiere la muerte del pecador (2.ª Pedro
3:9).
En su infinita gracia, Él espera por la última alma que será
recibida hasta el último momento de la paciencia de Dios. Pero Él
vendrá y quiere alentarnos a esperarlo, a estar preparados para su regreso
(Lucas 12:35-36).
En la parábola de las diez vírgenes leemos que todas ellas se
durmieron y que a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí
viene el esposo...! (Mateo 25:6). Durante el siglo XIX se oyó un
clamor similar y hubo un gran despertar. Pero ahora, ¿qué hacemos?
¿Esperamos verdaderamente al Señor, o elaboramos nuestros propios
planes pensando que Él se demora?
En el mundo son numerosos los burladores que dicen: ¿Dónde
está la promesa de su advenimiento? (2.ª Pedro 3:4). Por otra
parte, en los círculos cristianos que en mayor o menor medida están
advertidos acerca de la venida del Señor, gana cada vez más terreno
la idea de que la Iglesia pasará por la gran tribulación. Esto
significa desconocer la categórica promesa que el Señor expresa
a los fieles en el tercer capítulo del Apocalipsis (v. 10). Es triste
ver cómo, de este modo, una multitud de creyentes es privada de la dulce
consideración de su cercano regreso y que muy pocos verdaderamente lo
estén esperando. Pero quizás ésta sea una de las señales
que demuestra, de la manera más patente, que su regreso está cerca.
Repitámoslo, ¿esperamos al Señor? Si Él viniese
hoy, ¿nos hallaría esperándolo con la certeza de que lo
hará de un momento a otro? Nuestra mente ¿está ocupada
pensando en Él y en sus intereses, aguardando su próximo regreso?
Que nuestros afectos estén llenos del Señor a tal punto que deseemos
ardientemente estar con Él, ver su rostro y escuchar su voz, la cual
ya conocemos por la fe. Él desea tenernos alrededor de sí (Juan
17:24). Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven (Apocalipsis
22:17). Digamos con ardor : Amén; sí, ven, Señor
Jesús (v. 20).