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El Señor nos deja en este mundo por algún tiempo y nos confía
un servicio. Cuando nos haya llevado con Él, continuará, solamente,
aunque en perfección, el servicio de la alabanza; todos los demás
habrán cesado para siempre. Por lo tanto, el privilegio de llevar a cabo
para el Señor los diversos servicios que podemos cumplir sólo
por su gracia, está limitado al breve momento que nos separa de su venida.
¡Que ningún creyente diga que es demasiado pequeño, demasiado
joven o débil para servir al Señor! Él ha dado a
cada uno su obra. Cada uno, pues, debe preguntarse: «¿Cuál
es la obra que el Señor quiere confiarme?» Recibiremos la respuesta
si permanecemos cerca de Él, donde nos hará conocer sus pensamientos,
su voluntad y nos formará a fin de llevar a cabo para su gloria el servicio
que nos confía.
A cada uno su obra. Esta expresión nos enseña claramente
que la obra de uno no es la de otro. ¿No ocurre, a veces, que deseamos
hacer lo que hace nuestro hermano? Cuando sucede esto, por una parte invadimos
el campo de acción de tal hermano y usurpamos una tarea que le fue confiada
a él y, por otra parte, corremos el riesgo de descuidar nuestra propia
tarea. Todos los creyentes son miembros del cuerpo de Cristo y, como en el cuerpo
humano, cada miembro tiene una función bien definida. Esto nos conduce
a recordar dos importantes verdades: en primer lugar, el hecho de que en el
cuerpo los impulsos y las directivas son dadas por la cabeza. Toda actividad,
pues, debe ser dirigida por el Señor mismo y sólo por Él.
En segundo lugar, si es verdad que cada uno tiene su propia responsabilidad
frente al Señor para efectuar el servicio que le incumbe, no es menos
cierto que un creyente debe guardarse de obrar independientemente de sus hermanos,
pues los miembros del cuerpo están unidos unos a otros y la actividad
de cada uno, comandada por la Cabeza del cuerpo, debe realizarse para el bien
y la prosperidad del conjunto. ¡A qué íntimo ejercicio a
los pies del Señor debería conducirnos esto a cada uno de nosotros!
¡Qué espíritu de temor y de dependencia es preciso para
ello!
La expresión a cada uno su obra se encuentra en el evangelio
según Marcos (13:34), en el cual vemos al Señor presentado muy
particularmente en su carácter de Siervo, y en el cual también
abundan las enseñanzas concernientes al servicio. En estas páginas
recordaremos sólo algunas de ellas.
En el capítulo 1, el Señor llama a Simón y a Andrés:
Venid en pos de mí. Se trata del llamado al servicio:
Haré que seáis pescadores de hombres. Es imposible
servir al Señor fuera del camino que él mismo trazó y en
el cual nos invita a seguirle: Si alguno me sirve, sígame...
(Juan 12:26). Él es el Modelo perfecto y nosotros debemos reflejar en
nuestro propio servicio sus caracteres de verdadero Siervo. Simón y Andrés
lo siguieron inmediatamente. Asimismo, Jacobo y Juan, llamados a su turno, le
siguieron (Marcos 1:16-20). ¡El que no sigue al Señor
no puede servirle!
En ese mismo capítulo hallamos otra enseñanza relativa al servicio:
la suegra de Pedro, sanada de la fiebre por la poderosa intervención
del Señor, no sólo sirvió inmediatamente al Señor
sino también a los que estaban con él (1:29-31). Servir al Señor
y servir a los santos, servirle sirviendo a los santos, tal es el privilegio
que se nos concede.
En el capítulo 2, leemos acerca de una actividad que no se detiene ante
ninguna dificultad. Por cierto, podemos hallar obstáculos que cierran
el camino de nuestra propia voluntad; sería grave intentar superarlos
a toda costa. Pero el enemigo también puede poner trabas aun cuando andemos
en un sendero de dependencia y de fidelidad. Y, por otra parte, el Señor
también puede permitir que se presenten dificultades para poner a prueba
nuestra fe. Cuatro personas deseaban llevar a un paralítico a Jesús,
pero les resultaba imposible acercarse a él a causa de la multitud. Sin
embargo, la dificultad no los detuvo; ellos descubrieron una parte del techo,
hicieron una abertura y luego bajaron el lecho en que yacía el paralítico.
La fe cuenta con el poder de Dios y va sin temor a cumplir el servicio que se
le ha confiado. Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico:
Hijo, tus pecados te son perdonados (2:1-12). Para servir se necesita
la fe que cuenta con el poder de Dios.
En el capítulo 3 leemos acerca del llamamiento de los doce. Antes de
escoger a aquellos a quienes les confiaría un servicio particularmente
importante, el Señor, el Siervo perfecto, el Hombre dependiente, subió
al monte. Lucas nos dice que en aquellos días él fue al
monte a orar, y aun añade: Y pasó la noche orando
a Dios (6:12). Luego llamó a sí a los que él
quiso. Los doce tuvieron el inestimable privilegio de ser los apóstoles
del Señor, quienes le siguieron a lo largo de Su camino en este mundo.
Y, en un día venidero, los doce nombres de los doce apóstoles
del Cordero estarán escritos sobre los doce cimientos del muro
de la ciudad (Apocalipsis 21:14). ¿Por qué se les concedió
este notable favor? ¿Eran ellos mejores que otros? Fue la gracia de Dios
la que los escogió para tal servicio: el Señor llamó a
los que él quiso y escogió a doce para ser sus apóstoles.
Y vinieron a él; fue entonces cuando el Señor estableció
a doce, primeramente para que estuviesen con él; luego
para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades
y para echar fuera demonios. Antes de partir para efectuar el servicio
es preciso, en primer lugar, estar con Él. Éste es
un importante principio que debe ser recordado, pero que a veces se pierde de
vista...
Cuando llegó el momento de servir, el Señor los envió
dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos (Marcos
6:7). Los apóstoles estaban entonces en una condición que les
permitía ejercer tal autoridad, la cual les había sido confiada
para el servicio: Y saliendo, predicaban que los hombres se arrepintiesen.
Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos,
y los sanaban (v. 12-13). Mientras que en otras circunstancias ellos fueron
incapaces de desplegar tal poder; por ejemplo, no pudieron echar al espíritu
mudo que había tomado posesión de un muchacho al que su padre
llevó luego a Jesús (Marcos 9:17-18). ¿Por qué no
pudieron hacerlo? El Señor se los reveló: Este género
con nada puede salir, sino con oración y ayuno (v. 28-29). Nuestro
servicio no tendrá ningún poder si dejamos de depender del Señor
y de confiar en él; dependencia y confianza que se manifiestan en el
acto de la oración. Tampoco tendrá poder alguno si alimentamos
de una u otra manera a la carne. ¡Que Dios nos conceda la gracia de no
olvidar nunca estas cosas!
Pero podemos ser guardados en el cumplimiento de nuestro servicio, mantenernos
en oración y ayuno, manifestar incluso algunos frutos y, a continuación,
¡podemos perder de vista que lo que se desplegó fue el poder del
Señor y no el nuestro! Este peligro es muy real; los apóstoles
no escaparon a él. El servicio debería tener siempre este doble
resultado: por una parte, despojarnos de nosotros mismos y llevarnos así
a sentir profundamente nuestra propia incapacidad; y, por otra parte, enriquecernos
en el conocimiento del Señor, manteniéndonos sin cesar en su comunión,
para servir con inteligencia y con frutos. Se equivoca aquel que, llamado a
servir, toma desmedida importancia ante sus propios ojos y eleva el concepto
de sí mismo más y más ante los ojos de los que lo rodean.
El tal no ha progresado espiritualmente; no ha ganado, sino todo
lo contrario. Mientras que un real enriquecimiento se encuentra en aquel que,
humilde, sin descollar y desconfiando siempre de sí mismo, crece, al
mismo tiempo que sirve, en el conocimiento de Aquel a quien está sirviendo.
¡Que ésta sea nuestra parte en el cumplimiento del servicio que
el Señor quiere confiarnos!
Después de haber servido, los apóstoles se juntaron con
Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho, y lo que habían
enseñado (Marcos 6:30). Estas expresiones hablan suficientemente
de lo que ellos pensaban de sí mismos y de su actividad. Sin duda, como
lo hemos señalado, ellos habían servido con fidelidad y había
habido un real despliegue de poder. Pero ese poder, ¿era de los apóstoles
o era del Señor? Ellos hablaron de todo lo que habían hecho,
de todo lo que habían enseñado; se atribuían,
de algún modo, el mérito de la actividad dispensada y de los resultados
obtenidos. ¿No habían llegado a creer, quizá, que el poder
desplegado era de ellos mismos? Pablo y Bernabé sentían algo completamente
diferente a esto cuando llegaron a Antioquia desde donde habían
sido encomendados a la gracia de Dios para la obra que habían cumplido.
Leemos que habiendo llegado, y reunido a la iglesia, refirieron cuán
grandes cosas había hecho Dios con ellos... De igual manera en
Jerusalén (Hechos 14:26-27; 15:4 y 12). Dios, en su gracia, había
querido utilizarlos, pero ellos tenían conciencia de que habían
sido solamente instrumentos en Su mano. Aun cuando habían hecho señales
y maravillas, era Dios el que las había realizado, el que
las había hecho. El poder le pertenece sólo a Él,
lo sabemos bien; ¡jamás lo perdamos de vista!
¿Cómo obró el Señor respecto a los apóstoles?
¿Los reprendió inmediatamente? No. Ciertamente, él no los
dejaría en esa situación, porque los amaba y deseaba el bien de
los tales; pero, aun cuando obró para corregir en ellos lo que debía
ser corregido, manifestó a la vez toda su gracia para con los mismos.
¡Qué Modelo perfecto! ¡Imitémoslo si un día
fuésemos llamados a realizar un servicio así a favor de nuestros
hermanos! El Señor mantiene siempre la verdad, pero la gracia va de la
mano con la verdad; esto es lo que Jesús vino a traer, lo que Él
manifestó incesantemente durante todo el tiempo de su servicio. Las primeras
palabras que utilizó para responder a lo que le contaban sus apóstoles
fueron palabras colmadas de simpatía, de ternura. Es como si les hubiera
dicho: «Yo os envié para servir, y vosotros os habéis agotado;
habéis predicado que los hombres se arrepientan, habéis echado
muchos demonios, habéis ungido con aceite y sanado a muchos enfermos;
¡qué penoso y qué fatigoso ha sido para vosotros! Todo lo
que habéis hecho, todo lo que habéis enseñado... Venid
conmigo a un lugar apartado y descansad un poco. ¡Cuánto lo necesitáis!»
Todo esto ¿no conmueve nuestro corazón? A pesar de la imperfección
que caracteriza a nuestro servicio, y aunque a veces nos atribuyamos algún
mérito o algún poder, el Señor rebosa de compasión
hacia nosotros. Él quiere cuidarnos y darnos algún descanso de
las fatigas que sentimos en el camino. Nos quedamos sorprendidos frente a la
gracia que el Señor manifestó a los suyos, cuando nosotros, sin
duda, habríamos pensado en que era necesario reprenderlos con cierta
suavidad.
Pero este despliegue de gracia no impidió que el Señor pensara
en el bien espiritual de sus apóstoles; muy al contrario, él se
valdría de las circunstancias que ellos iban a atravesar, para enseñarles
la lección que necesitaban aprender. Una gran multitud había acudido
al lugar desierto, donde los apóstoles esperaban disfrutar
del descanso que el Señor les había prometido. Ésa sería
la ocasión para que Él les mostrara a los suyos la actividad de
un Siervo perfecto. Mientras que, generalmente, nosotros pensamos que es conveniente
abordar el tema espiritual sólo después de haber provisto a las
necesidades materiales, el Señor se ocupa, en primer lugar, del alma:
Y comenzó a enseñarles muchas cosas (Marcos 6:34).
Pero luego Él no olvida lo que nuestros cuerpos necesitan. ¿Qué
pensaban los apóstoles al respecto?: «El lugar es desierto, es
muy tarde, nosotros no tenemos nada para alimentar a tanta gente, es necesario
despedirlos... ¡que ellos busquen por sí mismos lo que necesitan!»
¿Es éste el pensamiento que debe albergar el corazón de
un siervo? ¿Debe animarlo tal pensamiento? ¿Dónde estaba
el poder de los apóstoles, al menos aquel del cual ellos se jactaban?
Después de todo lo que habían hecho, y lo que habían
enseñado, ¡ellos sólo atinaron a decir: Despídelos!
Las circunstancias permitidas por el Señor dieron lugar a que ellos manifestaran,
por una parte, el egoísmo que había en sus corazones y, por otra,
su propia incapacidad. Ése fue el momento que el Señor eligió
para señalarles la profunda diferencia que había entre lo que
ellos creían ser, lo que pensaban haber hecho, y la manera en que obraban
frente a la multitud. Despídelos, habían dicho ellos;
a esto el Señor responde: Dadles vosotros de comer. Vosotros
que habéis hecho y enseñado tantas cosas...
Para vosotros esto no debe ser difícil. ¡Ay!, ellos se vieron obligados
a confesar su propia y completa incapacidad. Sólo consideraban los recursos
exteriores, y no poseían ninguno. Ellos, que pensaban que habían
hecho tantas cosas, reconocían que no tenían nada
y que no podían hacer nada frente a la apremiante necesidad que se les
había presentado, a la que el Señor les había pedido que
respondieran. ¿Quién, pues, tendrá los recursos necesarios,
los que utilizará el Señor mismo, el Amo y Dador de todas las
cosas, Aquel en quien está la fuente del poder? ¡Un muchacho! Un
adolescente que tenía cinco panes y dos peces; aparentemente muy poca
cosa... Los recursos se encuentran en una debilidad reconocida, desprovista
de toda pretensión, pero que se apoya sólo en el Señor.
Éstos eran los modestos recursos de ese muchacho, insignificantes respecto
a las necesidades; recursos que el Señor habría de bendecir después
de levantar los ojos al cielo Modelo perfecto, siempre caracterizado por
una completa dependencia de su Dios y Padre y que Él daría
a los discípulos para que ellos mismos los pusieran delante de la multitud.
Él, en su infinita gracia, ¡aún quería valerse de
ellos! Sin duda, nosotros habríamos juzgado que tales discípulos
debían ser dejados de lado... Pero somos llamados a servir a un Señor
bondadoso y misericordioso.
¡Qué enseñanza nos brinda esto! ¡Cuántas veces
nosotros nos apoyamos en nuestros recursos, en nuestras capacidades, en los
dones que el Señor ha querido conferirnos; y quizás hasta hablamos
de nuestro poder espiritual o, en todo caso, estimamos que somos capaces de
desplegar tal poder. Sin duda, también nos sentimos inclinados a apoyarnos
excesivamente en tal o cual siervo, en tal o cual don... Entonces el Señor
permite circunstancias por medio de las cuales nuestra impotencia se manifiesta,
tal como la de los apóstoles cuando el Señor les dijo: Dadles
vosotros de comer. En circunstancias así el Señor nos muestra
que los recursos se encuentran en las manos de un muchacho, en las
de aquellos que parecen muy pequeños y débiles a nuestros ojos,
es decir, en tal o cual hermano sencillo y de poca apariencia, del cual no se
habla y que no tiene pretensión alguna, que vive humildemente, en el
temor del Señor y contando sólo con Él. O aun en tal o
cual congregación, poco numerosa, en la cual no hay dones destacados
o un hermano ricamente dotado para la enseñanza, sino hermanos y hermanas
humildes, fieles, que aman al Señor y a la Iglesia, que oran por la paz
y la prosperidad de ella, profundamente ejercitados por todo lo que concierne
a las reuniones de la asamblea y que cuentan con el Señor para que él
multiplique los panes. Entonces experimentamos lo mismo que sucedió
en aquel tiempo: Comieron todos, y se saciaron. ¡Quiera Dios
que podamos comprender y recordar la gran lección que nos brinda el Señor
por medio de la escena que hallamos relatada en los versículos 30 a 44
del capítulo 6 del evangelio según Marcos!
Los discípulos, ¿habían comprendido y recordado? ¿Habían
discernido verdaderamente que no había ningún poder en ellos,
que el poder sólo está en Cristo y que a él le agrada desplegarlo
en el ámbito de la más grande debilidad, de la flaqueza que nos
caracteriza? Para lograrlo, el Señor los sometería a la prueba.
Por eso hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de
él a Betsaida, en la otra ribera Marcos 6:45). Él había
desplegado su poder al multiplicar los panes; ahora lo manifestaría en
otras circunstancias que ejercitarían mucho más la fe de los discípulos.
Pero aun en ellas el Señor desplegaría su gracia: mientras los
envió al mar, Él se fue al monte a orar (v. 46). Si
el Señor nos hace pasar por dificultades y pruebas, con el objeto de
instruirnos y para nuestro provecho, Él también ora por nosotros.
Su intercesión no hace que nuestro camino quede despejado de obstáculos,
sino que nos da la fuerza necesaria para superarlos. La tempestad se levantó
cuando los discípulos estaban en medio del mar, a la mayor
distancia de todo recurso humano. Ellos se fatigaban remando porque el
viento les era contrario (v. 48). A pesar de todo, su fe muy débil,
pero sostenida por la intercesión de Aquel que oraba por ellos
no volvió atrás; el viento los hacía retroceder a la costa,
pero el Señor les había ordenado ir delante de él
a Betsaida, en la otra ribera. Y Él, quien mide la prueba y no
permite que ésta supere lo que podemos resistir, cerca de la cuarta
vigilia de la noche, vino a ellos andando sobre el mar. El Señor
iba a poner fin a la prueba por la que pasaban, pero antes quería
adelantárseles. Entonces viéndole ellos andar sobre
el mar, pensaron que era un fantasma, y gritaron; porque todos le veían,
y se turbaron (v. 50). ¡Cuán poco lo conocían y qué
falta de discernimiento manifestaron! Pero Su gracia, que aún permanecía,
los alivió: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!
Luego subió a ellos en la barca, y se calmó el viento.
¿Pudieron los discípulos discernir esta vez la grandeza y el poder
de su Señor, el poder que acababa de desplegar para calmar la tempestad,
tal como ya se había manifestado cuando multiplicó los panes?
No. Y ellos se asombraron en gran manera, y se maravillaban (v.
51). ¿Debían asombrarse de tal manera después de haber
visto que el Señor había saciado el hambre de cinco mil hombres
con cinco panes y dos peces, y que incluso habían sobrado doce cestas
llenas de pedazos? ¡Ay!, si ellos se asombraron en gran manera,
y se maravillaban fue porque aún no habían entendido
lo de los panes. El versículo 52 nos muestra claramente la relación
que existe entre las circunstancias relatadas en los versículos 30 a
44 y las que refieren los versículos 45 y siguientes. El Señor
constriñó a sus discípulos a ir delante de él a
la otra ribera porque quería probarlos, y esto con el fin de manifestar
que ellos habían comprendido muy poco lo que había acabado de
enseñarles. ¡Cuánto nos parecemos a estos discípulos!
¿Por qué los apóstoles aún no habían
entendido lo de los panes? Pues por cuanto estaban endurecidos sus
corazones (véase también Marcos 8:13-21). El corazón
de un incrédulo puede endurecerse y, desgraciadamente, ¡el de un
creyente también! Si nuestros corazones fueran más sensibles a
todo lo que el Señor es para nosotros, a lo que hace por nosotros, a
su gracia fiel que nos sostiene, nos enseña, nos refrigera y restaura
a lo largo del camino; si nos despojásemos más de nosotros mismos
y, nutridos de Cristo, entendiéramos mejor, entonces obtendríamos
mayor provecho espiritual de las circunstancias por las que Él quiere
hacernos pasar y, en la escuela del verdadero Siervo, comprenderíamos
cuál es nuestro servicio y cómo debemos llevarlo a cabo.
¡Que el Señor nos conceda más simplicidad, humildad y desconfianza
de nosotros mismos; y obre para que tengamos más confianza en Él,
sin olvidar que en Él, y sólo en Él, se encuentra la fuente
del poder! Entonces nuestro servicio podrá ser útil al Amo y producirá
frutos para su gloria.
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