A CADA UNO SU OBRA
Fuzier P. - (Messager Évangélique, 1963)

El Señor nos deja en este mundo por algún tiempo y nos confía un servicio. Cuando nos haya llevado con Él, continuará, solamente, aunque en perfección, el servicio de la alabanza; todos los demás habrán cesado para siempre. Por lo tanto, el privilegio de llevar a cabo para el Señor los diversos servicios que podemos cumplir sólo por su gracia, está limitado al breve momento que nos separa de su venida. ¡Que ningún creyente diga que es demasiado pequeño, demasiado joven o débil para servir al Señor! Él ha dado “a cada uno su obra”. Cada uno, pues, debe preguntarse: «¿Cuál es la obra que el Señor quiere confiarme?» Recibiremos la respuesta si permanecemos cerca de Él, donde nos hará conocer sus pensamientos, su voluntad y nos formará a fin de llevar a cabo para su gloria el servicio que nos confía.

“A cada uno su obra”. Esta expresión nos enseña claramente que la obra de uno no es la de otro. ¿No ocurre, a veces, que deseamos hacer lo que hace nuestro hermano? Cuando sucede esto, por una parte invadimos el campo de acción de tal hermano y usurpamos una tarea que le fue confiada a él y, por otra parte, corremos el riesgo de descuidar nuestra propia tarea. Todos los creyentes son miembros del cuerpo de Cristo y, como en el cuerpo humano, cada miembro tiene una función bien definida. Esto nos conduce a recordar dos importantes verdades: en primer lugar, el hecho de que en el cuerpo los impulsos y las directivas son dadas por la cabeza. Toda actividad, pues, debe ser dirigida por el Señor mismo y sólo por Él. En segundo lugar, si es verdad que cada uno tiene su propia responsabilidad frente al Señor para efectuar el servicio que le incumbe, no es menos cierto que un creyente debe guardarse de obrar independientemente de sus hermanos, pues los miembros del cuerpo están unidos unos a otros y la actividad de cada uno, comandada por la Cabeza del cuerpo, debe realizarse para el bien y la prosperidad del conjunto. ¡A qué íntimo ejercicio a los pies del Señor debería conducirnos esto a cada uno de nosotros! ¡Qué espíritu de temor y de dependencia es preciso para ello!

La expresión “a cada uno su obra” se encuentra en el evangelio según Marcos (13:34), en el cual vemos al Señor presentado muy particularmente en su carácter de Siervo, y en el cual también abundan las enseñanzas concernientes al servicio. En estas páginas recordaremos sólo algunas de ellas.

En el capítulo 1, el Señor llama a Simón y a Andrés: “Venid en pos de mí.” Se trata del llamado al servicio: “Haré que seáis pescadores de hombres.” Es imposible servir al Señor fuera del camino que él mismo trazó y en el cual nos invita a seguirle: “Si alguno me sirve, sígame...” (Juan 12:26). Él es el Modelo perfecto y nosotros debemos reflejar en nuestro propio servicio sus caracteres de verdadero Siervo. Simón y Andrés lo siguieron inmediatamente. Asimismo, Jacobo y Juan, llamados a su turno, “le siguieron” (Marcos 1:16-20). ¡El que no sigue al Señor no puede servirle!

En ese mismo capítulo hallamos otra enseñanza relativa al servicio: la suegra de Pedro, sanada de la fiebre por la poderosa intervención del Señor, no sólo sirvió inmediatamente al Señor sino también a los que estaban con él (1:29-31). Servir al Señor y servir a los santos, servirle sirviendo a los santos, tal es el privilegio que se nos concede.

En el capítulo 2, leemos acerca de una actividad que no se detiene ante ninguna dificultad. Por cierto, podemos hallar obstáculos que cierran el camino de nuestra propia voluntad; sería grave intentar superarlos a toda costa. Pero el enemigo también puede poner trabas aun cuando andemos en un sendero de dependencia y de fidelidad. Y, por otra parte, el Señor también puede permitir que se presenten dificultades para poner a prueba nuestra fe. Cuatro personas deseaban llevar a un paralítico a Jesús, pero les resultaba imposible acercarse a él a causa de la multitud. Sin embargo, la dificultad no los detuvo; ellos descubrieron una parte del techo, hicieron una abertura y luego bajaron el lecho en que yacía el paralítico. La fe cuenta con el poder de Dios y va sin temor a cumplir el servicio que se le ha confiado. “Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados” (2:1-12). Para servir se necesita la fe que cuenta con el poder de Dios.

En el capítulo 3 leemos acerca del llamamiento de los doce. Antes de escoger a aquellos a quienes les confiaría un servicio particularmente importante, el Señor, el Siervo perfecto, el Hombre dependiente, “subió al monte”. Lucas nos dice que en aquellos días él fue al monte “a orar”, y aun añade: “Y pasó la noche orando a Dios” (6:12). Luego “llamó a sí a los que él quiso”. Los doce tuvieron el inestimable privilegio de ser los apóstoles del Señor, quienes le siguieron a lo largo de Su camino en este mundo. Y, en un día venidero, “los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero” estarán escritos sobre los doce cimientos del muro de la ciudad (Apocalipsis 21:14). ¿Por qué se les concedió este notable favor? ¿Eran ellos mejores que otros? Fue la gracia de Dios la que los escogió para tal servicio: el Señor llamó “a los que él quiso” y escogió a doce para ser sus apóstoles. “Y vinieron a él”; fue entonces cuando el Señor “estableció a doce”, primeramente “para que estuviesen con él”; luego “para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios”. Antes de partir para efectuar el servicio es preciso, en primer lugar, “estar con Él”. Éste es un importante principio que debe ser recordado, pero que a veces se pierde de vista...

Cuando llegó el momento de servir, el Señor los envió dándoles “autoridad sobre los espíritus inmundos” (Marcos 6:7). Los apóstoles estaban entonces en una condición que les permitía ejercer tal autoridad, la cual les había sido confiada para el servicio: “Y saliendo, predicaban que los hombres se arrepintiesen. Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban” (v. 12-13). Mientras que en otras circunstancias ellos fueron incapaces de desplegar tal poder; por ejemplo, no pudieron echar al espíritu mudo que había tomado posesión de un muchacho al que su padre llevó luego a Jesús (Marcos 9:17-18). ¿Por qué no pudieron hacerlo? El Señor se los reveló: “Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno” (v. 28-29). Nuestro servicio no tendrá ningún poder si dejamos de depender del Señor y de confiar en él; dependencia y confianza que se manifiestan en el acto de la oración. Tampoco tendrá poder alguno si alimentamos de una u otra manera a la carne. ¡Que Dios nos conceda la gracia de no olvidar nunca estas cosas!

Pero podemos ser guardados en el cumplimiento de nuestro servicio, mantenernos en oración y ayuno, manifestar incluso algunos frutos y, a continuación, ¡podemos perder de vista que lo que se desplegó fue el poder del Señor y no el nuestro! Este peligro es muy real; los apóstoles no escaparon a él. El servicio debería tener siempre este doble resultado: por una parte, despojarnos de nosotros mismos y llevarnos así a sentir profundamente nuestra propia incapacidad; y, por otra parte, enriquecernos en el conocimiento del Señor, manteniéndonos sin cesar en su comunión, para servir con inteligencia y con frutos. Se equivoca aquel que, llamado a servir, toma desmedida importancia ante sus propios ojos y eleva el concepto de sí mismo más y más ante los ojos de los que lo rodean. El tal no ha progresado espiritualmente; no ha “ganado”, sino todo lo contrario. Mientras que un real enriquecimiento se encuentra en aquel que, humilde, sin descollar y desconfiando siempre de sí mismo, crece, al mismo tiempo que sirve, en el conocimiento de Aquel a quien está sirviendo. ¡Que ésta sea nuestra parte en el cumplimiento del servicio que el Señor quiere confiarnos!

Después de haber servido, “los apóstoles se juntaron con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho, y lo que habían enseñado” (Marcos 6:30). Estas expresiones hablan suficientemente de lo que ellos pensaban de sí mismos y de su actividad. Sin duda, como lo hemos señalado, ellos habían servido con fidelidad y había habido un real despliegue de poder. Pero ese poder, ¿era de los apóstoles o era del Señor? Ellos hablaron de “todo lo que habían hecho”, de todo “lo que habían enseñado”; se atribuían, de algún modo, el mérito de la actividad dispensada y de los resultados obtenidos. ¿No habían llegado a creer, quizá, que el poder desplegado era de ellos mismos? Pablo y Bernabé sentían algo completamente diferente a esto cuando llegaron a Antioquia “desde donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para la obra que habían cumplido”. Leemos que “habiendo llegado, y reunido a la iglesia, refirieron cuán grandes cosas había hecho Dios con ellos...” De igual manera en Jerusalén (Hechos 14:26-27; 15:4 y 12). Dios, en su gracia, había querido utilizarlos, pero ellos tenían conciencia de que habían sido solamente instrumentos en Su mano. Aun cuando habían hecho “señales” y “maravillas”, era Dios el que las había realizado, el que las había “hecho”. El poder le pertenece sólo a Él, lo sabemos bien; ¡jamás lo perdamos de vista!

¿Cómo obró el Señor respecto a los apóstoles? ¿Los reprendió inmediatamente? No. Ciertamente, él no los dejaría en esa situación, porque los amaba y deseaba el bien de los tales; pero, aun cuando obró para corregir en ellos lo que debía ser corregido, manifestó a la vez toda su gracia para con los mismos. ¡Qué Modelo perfecto! ¡Imitémoslo si un día fuésemos llamados a realizar un servicio así a favor de nuestros hermanos! El Señor mantiene siempre la verdad, pero la gracia va de la mano con la verdad; esto es lo que Jesús vino a traer, lo que Él manifestó incesantemente durante todo el tiempo de su servicio. Las primeras palabras que utilizó para responder a lo que le contaban sus apóstoles fueron palabras colmadas de simpatía, de ternura. Es como si les hubiera dicho: «Yo os envié para servir, y vosotros os habéis agotado; habéis predicado que los hombres se arrepientan, habéis echado muchos demonios, habéis ungido con aceite y sanado a muchos enfermos; ¡qué penoso y qué fatigoso ha sido para vosotros! Todo lo que habéis hecho, todo lo que habéis enseñado... Venid conmigo a un lugar apartado y descansad un poco. ¡Cuánto lo necesitáis!» Todo esto ¿no conmueve nuestro corazón? A pesar de la imperfección que caracteriza a nuestro servicio, y aunque a veces nos atribuyamos algún mérito o algún poder, el Señor rebosa de compasión hacia nosotros. Él quiere cuidarnos y darnos algún descanso de las fatigas que sentimos en el camino. Nos quedamos sorprendidos frente a la gracia que el Señor manifestó a los suyos, cuando nosotros, sin duda, habríamos pensado en que era necesario reprenderlos con cierta suavidad.

Pero este despliegue de gracia no impidió que el Señor pensara en el bien espiritual de sus apóstoles; muy al contrario, él se valdría de las circunstancias que ellos iban a atravesar, para enseñarles la lección que necesitaban aprender. Una gran multitud había acudido al “lugar desierto”, donde los apóstoles esperaban disfrutar del descanso que el Señor les había prometido. Ésa sería la ocasión para que Él les mostrara a los suyos la actividad de un Siervo perfecto. Mientras que, generalmente, nosotros pensamos que es conveniente abordar el tema espiritual sólo después de haber provisto a las necesidades materiales, el Señor se ocupa, en primer lugar, del alma: “Y comenzó a enseñarles muchas cosas” (Marcos 6:34). Pero luego Él no olvida lo que nuestros cuerpos necesitan. ¿Qué pensaban los apóstoles al respecto?: «El lugar es desierto, es muy tarde, nosotros no tenemos nada para alimentar a tanta gente, es necesario despedirlos... ¡que ellos busquen por sí mismos lo que necesitan!» ¿Es éste el pensamiento que debe albergar el corazón de un siervo? ¿Debe animarlo tal pensamiento? ¿Dónde estaba el poder de los apóstoles, al menos aquel del cual ellos se jactaban? Después de “todo lo que habían hecho, y lo que habían enseñado”, ¡ellos sólo atinaron a decir: “Despídelos”! Las circunstancias permitidas por el Señor dieron lugar a que ellos manifestaran, por una parte, el egoísmo que había en sus corazones y, por otra, su propia incapacidad. Ése fue el momento que el Señor eligió para señalarles la profunda diferencia que había entre lo que ellos creían ser, lo que pensaban haber hecho, y la manera en que obraban frente a la multitud. “Despídelos”, habían dicho ellos; a esto el Señor responde: “Dadles vosotros de comer.” Vosotros que habéis “hecho” y “enseñado” tantas cosas... Para vosotros esto no debe ser difícil. ¡Ay!, ellos se vieron obligados a confesar su propia y completa incapacidad. Sólo consideraban los recursos exteriores, y no poseían ninguno. Ellos, que pensaban que habían “hecho” tantas cosas, reconocían que no tenían nada y que no podían hacer nada frente a la apremiante necesidad que se les había presentado, a la que el Señor les había pedido que respondieran. ¿Quién, pues, tendrá los recursos necesarios, los que utilizará el Señor mismo, el Amo y Dador de todas las cosas, Aquel en quien está la fuente del poder? ¡Un muchacho! Un adolescente que tenía cinco panes y dos peces; aparentemente muy poca cosa... Los recursos se encuentran en una debilidad reconocida, desprovista de toda pretensión, pero que se apoya sólo en el Señor. Éstos eran los modestos recursos de ese muchacho, insignificantes respecto a las necesidades; recursos que el Señor habría de bendecir después de levantar los ojos al cielo —Modelo perfecto, siempre caracterizado por una completa dependencia de su Dios y Padre — y que Él daría a los discípulos para que ellos mismos los pusieran delante de la multitud. Él, en su infinita gracia, ¡aún quería valerse de ellos! Sin duda, nosotros habríamos juzgado que tales discípulos debían ser dejados de lado... Pero somos llamados a servir a un Señor bondadoso y misericordioso.

¡Qué enseñanza nos brinda esto! ¡Cuántas veces nosotros nos apoyamos en nuestros recursos, en nuestras capacidades, en los dones que el Señor ha querido conferirnos; y quizás hasta hablamos de nuestro poder espiritual o, en todo caso, estimamos que somos capaces de desplegar tal poder. Sin duda, también nos sentimos inclinados a apoyarnos excesivamente en tal o cual siervo, en tal o cual don... Entonces el Señor permite circunstancias por medio de las cuales nuestra impotencia se manifiesta, tal como la de los apóstoles cuando el Señor les dijo: “Dadles vosotros de comer.” En circunstancias así el Señor nos muestra que los recursos se encuentran en las manos de un “muchacho”, en las de aquellos que parecen muy pequeños y débiles a nuestros ojos, es decir, en tal o cual hermano sencillo y de poca apariencia, del cual no se habla y que no tiene pretensión alguna, que vive humildemente, en el temor del Señor y contando sólo con Él. O aun en tal o cual congregación, poco numerosa, en la cual no hay dones destacados o un hermano ricamente dotado para la enseñanza, sino hermanos y hermanas humildes, fieles, que aman al Señor y a la Iglesia, que oran por la paz y la prosperidad de ella, profundamente ejercitados por todo lo que concierne a las reuniones de la asamblea y que cuentan con el Señor para que él “multiplique los panes”. Entonces experimentamos lo mismo que sucedió en aquel tiempo: “Comieron todos, y se saciaron.” ¡Quiera Dios que podamos comprender y recordar la gran lección que nos brinda el Señor por medio de la escena que hallamos relatada en los versículos 30 a 44 del capítulo 6 del evangelio según Marcos!

Los discípulos, ¿habían comprendido y recordado? ¿Habían discernido verdaderamente que no había ningún poder en ellos, que el poder sólo está en Cristo y que a él le agrada desplegarlo en el ámbito de la más grande debilidad, de la flaqueza que nos caracteriza? Para lograrlo, el Señor los sometería a la prueba. Por eso “hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a Betsaida, en la otra ribera” Marcos 6:45). Él había desplegado su poder al multiplicar los panes; ahora lo manifestaría en otras circunstancias que ejercitarían mucho más la fe de los discípulos. Pero aun en ellas el Señor desplegaría su gracia: mientras los envió al mar, Él “se fue al monte a orar” (v. 46). Si el Señor nos hace pasar por dificultades y pruebas, con el objeto de instruirnos y para nuestro provecho, Él también ora por nosotros. Su intercesión no hace que nuestro camino quede despejado de obstáculos, sino que nos da la fuerza necesaria para superarlos. La tempestad se levantó cuando los discípulos estaban “en medio del mar”, a la mayor distancia de todo recurso humano. Ellos se fatigaban remando “porque el viento les era contrario” (v. 48). A pesar de todo, su fe —muy débil, pero sostenida por la intercesión de Aquel que oraba por ellos— no volvió atrás; el viento los hacía retroceder a la costa, pero el Señor les había ordenado “ir delante de él a Betsaida, en la otra ribera”. Y Él, quien mide la prueba y no permite que ésta supere lo que podemos resistir, “cerca de la cuarta vigilia de la noche, vino a ellos andando sobre el mar”. El Señor iba a poner fin a la prueba por la que pasaban, pero antes “quería adelantárseles”. Entonces “viéndole ellos andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma, y gritaron; porque todos le veían, y se turbaron” (v. 50). ¡Cuán poco lo conocían y qué falta de discernimiento manifestaron! Pero Su gracia, que aún permanecía, los alivió: “¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!” Luego “subió a ellos en la barca, y se calmó el viento”. ¿Pudieron los discípulos discernir esta vez la grandeza y el poder de su Señor, el poder que acababa de desplegar para calmar la tempestad, tal como ya se había manifestado cuando multiplicó los panes? No. “Y ellos se asombraron en gran manera, y se maravillaban” (v. 51). ¿Debían asombrarse de tal manera después de haber visto que el Señor había saciado el hambre de cinco mil hombres con cinco panes y dos peces, y que incluso habían sobrado doce cestas llenas de pedazos? ¡Ay!, si ellos “se asombraron en gran manera, y se maravillaban” fue porque “aún no habían entendido lo de los panes”. El versículo 52 nos muestra claramente la relación que existe entre las circunstancias relatadas en los versículos 30 a 44 y las que refieren los versículos 45 y siguientes. El Señor constriñó a sus discípulos a ir delante de él a la otra ribera porque quería probarlos, y esto con el fin de manifestar que ellos habían comprendido muy poco lo que había acabado de enseñarles. ¡Cuánto nos parecemos a estos discípulos!

¿Por qué los apóstoles “aún no habían entendido lo de los panes”? Pues “por cuanto estaban endurecidos sus corazones” (véase también Marcos 8:13-21). El corazón de un incrédulo puede endurecerse y, desgraciadamente, ¡el de un creyente también! Si nuestros corazones fueran más sensibles a todo lo que el Señor es para nosotros, a lo que hace por nosotros, a su gracia fiel que nos sostiene, nos enseña, nos refrigera y restaura a lo largo del camino; si nos despojásemos más de nosotros mismos y, nutridos de Cristo, “entendiéramos” mejor, entonces obtendríamos mayor provecho espiritual de las circunstancias por las que Él quiere hacernos pasar y, en la escuela del verdadero Siervo, comprenderíamos cuál es nuestro servicio y cómo debemos llevarlo a cabo.

¡Que el Señor nos conceda más simplicidad, humildad y desconfianza de nosotros mismos; y obre para que tengamos más confianza en Él, sin olvidar que en Él, y sólo en Él, se encuentra la fuente del poder! Entonces nuestro servicio podrá ser útil al Amo y producirá frutos para su gloria.



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