CANTAR DE LOS CANTARES
Guignard Alf. - (Messager Évangélique, 1979-1981)

(Viene del Nº 4)

(Capítulo 2)

“Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén...” (v. 7)

Aquí se menciona por primera vez a Jerusalén. Es la ciudad del gran Rey. En esta ciudad Él sufrió y quiso morir para rescatar a su pueblo; sus ojos están posados sobre esta ciudad desde el principio hasta el fin del año; sus muros están continuamente delante de sus ojos. Allí establecerá pronto el trono de su gloria.

“Por los corzos y por las ciervas del campo,
Que no despertéis ni hagáis velar al amor,
Hasta que quiera.” (v. 7)

Hasta su retorno, el Rey quiere que nada impida a los suyos hallar un dulce reposo junto a Él, ni aun el paso ligero, casi imperceptible, de la gacela o de la cierva. Bajo su mano protectora, nada los debe turbar. Él vela con ternura y solicitud el descanso de su Esposa. Notemos que las expresiones del versículo 7 son como el estribillo de nuestro Cantar; en el lugar donde Él ha puesto su Nombre, nada debe privar a los suyos de la más perfecta paz.

“¡La voz de mi amado!” (v. 8)

He aquí una exclamación que brota de la amada al oír la voz muy conocida de Aquel a quien espera desde hace largo tiempo. Sus afectos no duermen y, al son de Su voz, su corazón rebosa: ¡Por fin está aquí y lo voy a ver! Esto nos hace pensar en ese momento tan cercano en que el Señor mismo, con un grito de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; cuando los muertos en Cristo resucitarán y los vivientes seremos transformados. Entonces todos juntos iremos a su encuentro en las nubes, en el aire, para estar con Él para siempre. ¡Esperanza bienaventurada! Oiremos Su voz, luego le veremos, porque:

“He aquí él viene
Saltando sobre los montes,
Brincando sobre los collados.” (v. 8)

¡Él viene prontamente, Él brinca! Su corazón le hace acudir de esta manera; ama a su amada y no podría olvidar su promesa ni tardar en cumplirla.
Si nosotros le esperamos, estemos seguros de que Su espera es mucho más ansiosa todavía. “¡Vengo en breve!” Hay una plena comunión de actitud expectante entre Aquel que viene y los que le esperan.

“Mi amado es semejante al corzo,
o al cervatillo.” (v. 9)

Su veloz andar es comparado a un corzo tan ligero que sus pies apenas tocan el suelo, o al cervatillo, rápido en sus alturas (Habacuc 3:19).

“Atisbando por las celosías” (v. 9)

Para mayor seguridad, una celosía ha sido colocada en la ventana, para que, cuando miren hacia el mundo, los fieles no se hallen expuestos a una caída. Son las celosías de la sabiduría. Ésta puede decir: “Porque mirando yo por la ventana de mi casa, por mi celosía” (Proverbios 7:6).

El rey Ocozías cayó por la ventana de la sala de una casa que tenía en Samaria (2.º Reyes 1:2). Este rey se hallaba en un triste estado moral, lo que nos muestra que una profesión cristiana, por hermosa que sea, no basta; es necesario un estado interior que le corresponda.

El Señor no pidió a su Padre que quitara a los suyos del mundo, sino que los guardara del mal. Nunca podríamos ser demasiado cautelosos; la “pared” y las “celosías” nos enseñan importantes lecciones.

El Señor mira a aquellos que están detrás de la pared y es a ellos a quienes viene a buscar. Al separarse del mal que los rodea, han manifestado su amor hacia su Amado. Ellos no sabrían tolerar nada que fuera incompatible con Su gloria.

“Mi amado habló, y me dijo:
Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven.” (v. 10)

¡Cuántas preciosas enseñanzas hallamos en este corto versículo! Él nos ama y ¡con qué amor! Sólo la cruz del Calvario nos da la medida de él. Cristo ve en sus amados una belleza que lo arroba. Él es semejante a ese hombre que buscaba perlas hermosas y que, habiendo hallado una de muy gran precio, fue, vendió todo lo que tenía y la compró. La belleza de esa perla le hizo despojarse de todo lo que tenía para poseerla. Él solo era capaz de apreciar su maravillosa belleza.

Él ve en aquellos a quienes redimió el reflejo de su propia gloria, Él, que es más hermoso que los hijos de los hombres (Salmo 45:2, JND). Él nos ama y nos viene a buscar para satisfacción de su propio corazón: “¡Levántate... y ven!”. Palabras que encuentran eco en el corazón de todos los que le aman.

“Porque he aquí ha pasado el invierno,
Se ha mudado, la lluvia se fue.” (v. 11)

El tiempo de la ausencia del Amado es comparado aquí a un largo invierno, tiempo de sufrimientos, de lágrimas y de dificultades que se renuevan unos tras otros. A su venida, el invierno se acaba para siempre y da lugar a la primavera eterna, a la mañana sin nubes (2.º Samuel 23:4).

“Se han mostrado las flores en la tierra,
El tiempo de la canción ha venido.” (v. 12)

¡Qué cambio inaudito para nuestra creación, que suspira con dolores de parto hasta ahora! (Romanos 8:22). Será entonces librada de la servidumbre de la corrupción del pecado, para gozar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Todas las bocas serán abiertas en todo lugar para dar gloria al Amado.

Ahora no hay sino gemidos, sufrimientos que afligen a esta pobre humanidad. No es frecuente oír un canto de alabanza que suba hacia el cielo. Pablo y Silas hacían oír un canto desde el fondo de una prisión, pero ello era completamente insólito. Los presos los escuchaban, pues jamás habían oído cosa semejante.

El primer día de la semana, algunos amados por el Señor se reúnen aquí o allá para cantar sus alabanzas. Son como las primeras notas de ese himno que resonará en todo lugar, el preludio de un concierto eterno; pero son todavía poco numerosos para hacerlo. Pronto las prisiones no existirán más y no habrá sino gozo en los cielos y en la tierra.

“Y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola.” (v. 12)

Víctimas de diversas especies eran ofrecidas en sacrificio bajo el antiguo pacto: toros, ovejas, corderos y también tórtolas. Estas víctimas nos hacen conocer los diversos aspectos de la excelencia de la santa Ofrenda, la única que quitó el pecado ante los ojos de Dios.

Él fue el cordero, la víctima inocente. Él fue el carnero de la consagración que se consagró enteramente a Dios, lo que lo llevó hasta la cruz del Calvario. Anduvo en este mundo de una manera que glorificó a Dios en su vida, cual toro que tiene cuernos y la pezuña hendida.

En cambio, la tórtola nos habla más bien de los caracteres celestiales de Aquel que se ofreció en sacrificio. «Del cielo viniste para ofrendarte en holocausto» cantamos algunas veces. Proclamaremos durante la eternidad que Aquel que es el Rey amado es el que vino del cielo y se ofreció en sacrificio para redimir a su pueblo. Por todas partes en el país se anunciará que “Él hizo esto” (Salmo 22:31).

“Los higos de invierno en la higuera dan olor” (v. 13, JND)

La prueba por la que atravesaron los fieles durante el largo tiempo de la ausencia del Amado no dejó de dar frutos. Helos aquí, representados por higos que dan olor en la primavera y que son para gloria de su Señor (compárese con Jeremías 24:2). Estos frutos fueron dados en un tiempo en el que todo era muerte y esterilidad. ¿Qué hacemos nosotros para nuestro Señor durante el tiempo de su ausencia? ¿Ve Él frutos que se preparen para madurar bajo el sol primaveral y que serán manifestados en ese gran día que se aproxima?

Los fieles no reciben ahora la recompensa de lo que hacen para su Señor, pero en su día todo será manifestado en la luz de su tribunal, y también la higuera de Israel estará cubierta de frutos deliciosos para el corazón del Señor. Propongámonos desde ya ser de aquellos que están llenos de frutos de justicia, por Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios (Filipenses 1:11).

“Y las vides en cierne dieron olor” (v. 13)

En las Escrituras, las vides nos hablan de gozo y de comunión. En esa hermosa mañana de la primavera eterna habrá abundancia de gozo y de bendición. ¡Tiempo feliz! ¡Dicha sin nube provocada por la presencia del Amado!
“Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven.” (v. 13)

Hay expresiones que el amor no se cansa de decir ni de escuchar. “De la abundancia del corazón habla la boca” (Lucas 6:45). Ya hemos oído esta invitación en el versículo 10. Pero nuestros corazones no alcanzarían a estar demasiado compenetrados de lo que somos para el Amado. ¡Ven! Él tomará consigo a aquella que es el objeto de todo su amor.

Nosotros pensamos con placer en cuál será nuestra felicidad cuando vayamos a su encuentro, pero ¿pensamos en cuál será la Suya cuando tenga junto a sí mismo a aquella por la cual sacrificó su propia vida, cuando vea el fruto del trabajo de su alma y su amor sea satisfecho; cuando por fin, como Esposo divino, se presente a sí mismo a aquella por la cual se entregó, y a la que alimentó y regaló tan largo tiempo?

(Continúa en el Nº 6)



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