El estado en que se encuentra el mundo, así como nuestra decadencia
espiritual, son de tal magnitud que corremos el riesgo de bambolearnos entre
la pretensión farisaica y el desaliento. Todo el que tiene a pechos el
testimonio del Señor siente, con frecuencia, la necesidad de considerar
la situación en medio de la confusión general en la cual hasta
se pierde la propia noción de cristianismo.
Una de las grandes funciones atribuidas a los cristianos es la que el Señor
define en Juan 17:21, cuando dice: Para que todos sean uno; como tú,
oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros;
para que el mundo crea que tú me enviaste. Los cristianos son llamados
a dar pruebas al mundo de que el Padre envió al Hijo, y a hacer esto
manifestando la unidad de una familia formada según principios completamente
distintos de aquellos que son corrientes en este mundo.
Así, después de que Cristo fuera glorificado, el Espíritu
Santo descendió del cielo para bautizar, de allí en adelante,
a los creyentes a fin de constituir un solo cuerpo (1.ª Corintios 12:13),
de manera que ellos son exhortados a ser solícitos en guardar la
unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (Efesios 4:3).
He aquí lo que Dios ha hecho. Los cristianos son ahora responsables
de dejarlo obrar libremente según su Palabra, ajustándose a ella.
Reconocer a Cristo en todos sus derechos como Hijo de Dios y como Hombre glorificado,
Cabeza de la Iglesia que es su cuerpo, dejar al Espíritu Santo la entera
dirección en la Iglesia a fin de glorificar a Cristo, y separar del mal
todo lo que toca al nombre del Señor, son otras tantas condiciones que
deben constituir una demostración dada a este mundo de tal unidad visible.
Por desgracia, es muy claro que éste no es el testimonio que da la cristiandad;
y que ello sucede desde hace muy largo tiempo. Sin embargo, en nuestros días
se habla mucho de recuperar la «unidad de los cristianos», y se
hacen grandes esfuerzos con este objetivo. Pero, ¿sobre qué bases?
Se busca lo que las diversas iglesias tienen en común en sus enseñanzas,
aun cuando a la vez se guarda la distinción entre dichas iglesias.
El resultado de ello si lo hay sólo puede ser el siguiente:
cada una, para conservar su forma eclesiástica exterior sobre la cual
no cede, sacrifica algún punto doctrinal por el cual se atenía
aún a la verdad, y ensancha bastante el sentido del Credo para que todo
el mundo, desde los ortodoxos más rigurosos hasta los modernistas más
avanzados, se adhieran a ella. Éstos son los esfuerzos del hombre, pero
no es el poder de Dios.
Polemizar sobre estos hechos no aporta ningún provecho. Para el lector
apegado a la Palabra, vale más darse cuenta hasta qué punto el
testimonio colectivo actual sólo puede ser un testimonio dado a la fidelidad
del Señor en medio del desorden ocasionado por el hombre.
La Iglesia, al principio de su historia, presentó caracteres que han
desaparecido y no se reproducirán más. Pero hasta el fin de su
historia tiene otros elementos que habrán subsistido sin que sufran daño
alguno. De manera que, por un lado, hallamos lo que no volverá
y, por otro, lo que permanece.
I. LO QUE NO VOLVERÁ
Leemos que la multitud de los que habían creído era de
un corazón y un alma (Hechos 4:32). La unidad de todos los creyentes,
unidad de la Iglesia antes que la doctrina fuese formulada por Pablo, era visible
en su integridad.
Como fruto del primer amor, dicha unidad se basaba en una separación
total para con los no creyentes. Esto no perduró, y no podía perdurar,
pues hubiera sido el cielo en la tierra. Ahora vemos la dispersión de
los hijos de Dios; la mezcla de la Iglesia con el mundo; la cizaña mezclada
con el trigo; la confusión en la casa, que llegó a ser la casa
grande; ordenanzas y organizaciones humanas en lugar de lo que el Señor
había establecido.
Todos estos aspectos de la degradación de la Iglesia apenan profundamente
el corazón de todo aquel que ama al Señor. Seríamos culpables
de opinar con ligereza si dijéramos, aun cuando fuera cierto, que no
podía ser de otro modo, que todo lo que es confiado al hombre está
sujeto a declinar, que el Señor y los apóstoles lo habían
predicho.
Tampoco podríamos echar la culpa de esta ruina a otros, pues todos nosotros
tenemos parte en ella. Así como Daniel en Babilonia, y como Nehemías
en Jerusalén que estaba devastada y sojuzgada al agrupar
allí a los que habían escapado, así también nosotros
debemos llevar duelo por los pecados de los cuales todos somos solidarios: Hemos
hecho impíamente; hemos hecho lo malo (Daniel 9:5-15;
Nehemías 9:33).
El estado de cosas que había al principio está perdido y no volverá.
Dios no restablece lo que el hombre arruinó, como si no hubiera sido
arruinado. Sería vano y contrario a las Escrituras decir: «Queremos
reconstruir la Iglesia del principio del cristianismo.» Incluso no es
exacto declarar, como a veces se oye decir: «Solamente somos unos pocos
de entre los hijos de Dios, pero nos reunimos como los primeros cristianos.»
Además, el ministerio que se encontraba al principio abarcaba instrumentos
que eran propios para ese momento y que no fueron renovados. Dios no suscitó
otros apóstoles y no lo hará más. Ellos fueron utilizados
en esa época para poner el fundamento, que es Jesucristo.
Los apóstoles, quienes fueron revestidos con una autoridad especial,
y obraron y hablaron por inspiración, dieron, de parte del Señor
y por adelantado, lo que era necesario para que la Iglesia estuviera provista
de principios y de doctrina para toda su carrera.
A las diferentes generaciones que formaron parte de la Iglesia les correspondía
hacer buen uso de ello y guardar la doctrina de los apóstoles
(Hechos 2:42; Gálatas 1:9; 1.ª Juan 2:24; 4:6), no adaptándola
a los cambios de este mundo, como se pretendió hacerlo, sino tomándola
como guía invariable mientras atraviesa este mundo cambiante. Según
la expresión familiar al apóstol Juan, ella es la Verdad. La Iglesia
es columna y baluarte (o sostén) de la verdad. La Iglesia no creó
ni dispone de la verdad a su antojo.
Asimismo, las señales y los prodigios que en esos días acompañaban
a la acción del Espíritu Santo con diversos milagros y repartimientos
han cesado. Todo ello constituía el testimonio que Dios daba juntamente
con aquellos que habían escuchado al Señor (Hebreos 2:3-4); Él
mismo les ayudaba confirmando la palabra con las señales que la
seguían (Marcos 16:20). Cuando la Palabra quedó fijada en
las Escrituras, y la Iglesia fue puesta en marcha con la verdad divinamente
formulada, esas manifestaciones cesaron.
II. LO QUE PERMANECE
Nos preguntamos, pues, si nuestros recursos serán menores que en el
principio. La respuesta es: ciertamente que no. Por lo tanto, ¿damos
gracias a Dios, suficientemente, por el inefable valor de todo lo que permanece?
El fundamento de Dios está firme, nos dice el apóstol
en vísperas de los últimos días. Los edificadores humanos,
lamentablemente, acumularon materiales malos, y nosotros continuamos haciéndolo;
pero el fundamento que fue puesto es inquebrantable, y nadie puede poner otro
(1.ª Corintios 3:11).
Dicho fundamento fue puesto por los apóstoles y profetas una vez y para
siempre, siendo Jesucristo mismo la principal piedra del ángulo (Efesios
2:20). Y, para edificar sobre Él, Dios continúa preparando piedras
vivas, así como continúa poniendo a disposición del fiel
humilde y dependiente oro, plata y piedras preciosas, apropiadas
para resistir el fuego que consumirá todo lo demás.
El hecho de que se haya edificado mal sobre ese fundamento no cambia nada en
lo que se refiere a su emplazamiento ni a su estabilidad. Es verdad que, cuanto
más nos adentramos en los tiempos peligrosos, tanto más debemos
prestar atención al sello que tiene doble faz (2.ª Timoteo 2:19).
Una cara de dicho sello es apropiado para infundir plena confianza y generar
agradecimiento (conoce el Señor a los que son suyos), y la
otra para advertir y orientar (apártese de iniquidad todo aquel
que invoca el nombre de Cristo).
Los medios puestos a disposición de los fieles afianzados sobre el fundamento
son paralelamente permanentes y no han perdido su valor en absoluto. Ellos se
atienen a estas tres divinas realidades: la presencia del Señor; la Palabra
y el Espíritu Santo.
Ya en la antigüedad, en el marco de las promesas terrenales, el remanente
al que se dirigía Hageo podía conocer la eficacia de ello (Hageo
2:4). ¡Cuánto más lo pueden experimentar los cristianos,
por el hecho de que ya fue consumada la obra de la redención, y por tener
las bendiciones espirituales en los lugares celestiales abiertas para ellos
por medio de Jesucristo glorificado! Los apóstoles sólo fueron
canales, los dones milagrosos solamente fueron manifestaciones pasajeras de
esos recursos inmutables.
Puede que la promesa del Señor tocante a su presencia sea desconocida
o que su nombre sea menospreciado pero, aún así, ello no puede
alterar en nada el valor de dicha Persona ni de su Nombre bendito.
La espada del Espíritu mantiene todo su filo, incluso si la negligencia
o la pereza la dejan envainada. La fuente de luz, incluso escondida debajo de
un almud o debajo de la cama, no ha perdido nada de su intensidad y está
lista para brillar. El Espíritu Santo sigue estando en este mundo hoy
tanto como estuvo en el día de Pentecostés.
Lo que proviene del hombre envejece y se destruye, pero no lo que proviene
de Dios. ¿Acaso se ha acortado mi mano...? ¿No hay poder
en mí? (Isaías 50:2). ¡Oh, que nuestros corazones
retengan la magnífica afirmación de Dios: Yo estoy con vosotros...
según el pacto que hice con vosotros cuando salisteis de Egipto, así
mi espíritu estará en medio de vosotros, no temáis!
(Hageo 2:4-5).
Estemos seguros de que la gracia de Dios, según su misericordia que
permanece para siempre, y de acuerdo a Su soberanía, para Su gloria y
hasta el fin, se proveerá de vasos para la fe, la esperanza y el amor,
las tres cosas que también permanecen (1.ª Corintios 13:13), aunque
la obra, el trabajo y la paciencia de ellos ya no se vean más caracterizando
a la Iglesia como lo fue en su momento (1.ª Tesalonicenses 1:3). La fuente
de tales bendiciones no está agotada para quien desee beber de ella.
Para cada fiel es sumamente alentador saber que todos estos recursos permanecen
inalterables, cualquiera que sea el estado en que se encuentre el mundo y la
cristiandad. Siempre hay un camino para el testimonio personal. El Señor
dice El que venciere..., y: El que tiene oídos, oiga,
reciba para sí mismo lo que el Espíritu dice a las iglesias.
La promesa hecha al vencedor en Laodicea no es la menos gloriosa de todas, puesto
que debe sentarse con Cristo en su trono (Apocalipsis 3:21).
Pero dichos recursos, ¿podrían dejar de tener una virtud colectiva
como parece que algunos están inclinados a creer y no encontrarse
más a disposición de dos o tres reunidos en el nombre de Jesús?
Por desgracia, es muy cierto que la Iglesia ha fracasado en su profesión
sobre la tierra. Y ella también desaparecerá de la escena. El
Señor vendrá a tomar a los suyos y se presentará a sí
mismo a la Esposa en la gloria celestial; luego Él juzgará la
casa dejada vacía en la tierra, como ha sido juzgada no hace mucho la
casa israelita. Pero hasta la consumación de esta historia, y aunque
sólo quedaran rigurosamente dos o tres que hubieran comprendido todo
ello, las grandes cosas dichas a la Iglesia de Dios permanecen.
Ellas no son vistas así ante los ojos de este mundo, pero necesitamos
discernirlas.
En nuestros días, y más que nunca, ¿no reviste todo su
valor la promesa del Señor que dice: Donde están dos o tres
congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos? La Palabra
del Señor, ¿no posee todo su infalible poder a disposición
de la poca fuerza de Filadelfia?
Por otro lado, en vísperas del regreso del Señor, la presencia
del Espíritu tiene el particular efecto de impulsar a la Esposa a decir
lo mismo que él dice: Ven. Y tan efectiva como dicha presencia
es la realidad de la Iglesia en la tierra, la Iglesia formada por el Espíritu
Santo, edificada sobre la roca, la Iglesia única, la Iglesia que es el
cuerpo de Cristo, la Iglesia que recibe su crecimiento mediante los dones enviados
a la tierra por Cristo mismo, Cabeza glorificada en el cielo, no a un grupo
particular, sino al conjunto, la Iglesia como casa de Dios, morada de Dios en
el Espíritu.
Y si no es visible la unidad de esta Iglesia considerada en su conjunto, el
conjunto de los miembros del cuerpo de Cristo, poseedores de la nueva vida,
por cierto que no se debe a la falta de principios, sino al fracaso de aquellos
que la componen.
Pero la unidad vital de la Iglesia no ha dejado de existir, y la fe puede regocijarse
en ello. El Espíritu Santo permanece en medio de ella, el Espíritu
de poder, de sabiduría, de consejo. Sin duda, se ve estorbado en sus
manifestaciones, contristado en cada individuo, apagado en las colectividades
y, en la práctica, puesto fuera todas las veces que el hombre quiere
tomar la dirección que le corresponde a Él. Pero, digámoslo
una vez más, Él no puede ser aminorado. Sus dones, ¿podrán
ser inferiores frente a las necesidades de la Iglesia? ¡Ciertamente que
no! Abre tu boca, y yo la llenaré (Salmo 81:10).
Pero, ¿dónde está el apetito? En lugar de desear ardientemente
dones espirituales, nos dejamos ganar por el espíritu laodiceano: Yo
soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad... (Apocalipsis
3:17). En la base de nuestra inmensa tibieza actual yace la complacencia en
las falsas riquezas, la confusión entre la prosperidad mundana y la espiritualidad,
cosas por las cuales viene la ceguera que no permite ver la propia miseria,
y entonces los formalismos toman el lugar de la piedad de la cual se niega el
poder.
III. CONSECUENCIAS PRÁCTICAS
Lo que necesitamos es volver a hallar los santos deseos que experimenta el
alma ferviente. La piedad, tal como la sumisión y la confianza, es el
deseo de obedecer a la voluntad de Dios.
Debo reconocer que la Iglesia existe. Cualquiera que sea el estado en que se
encuentra la casa, debo comportarme en la casa de Dios según las precisas
directivas que nos da la Palabra.
Temamos seguir nuestros propios pensamientos en lugar de acatar las directivas
divinas. Si no respetamos tales directivas, el resultado será dar lugar
a ese formalismo de las organizaciones eclesiásticas, donde un clero
se interpone entre los sacerdotes y Dios, y donde la autoridad del Espíritu
Santo es prácticamente rechazada por un ministerio humano.
El peligro no es menor si, aun pretendiendo atenernos a la Palabra, la tratamos
como un código seco y frío y no dejamos ningún lugar a
los ejercicios espirituales de los fieles. Recordemos que ella es espíritu
y vida. Siempre será cierto que la letra mata y que el Espíritu
vivifica.
Debemos pedir a Dios los dones espirituales necesarios para su Iglesia. Debemos
reconocer los dones del Señor, es decir, evangelistas, pastores,
profetas, maestros, allí donde se encuentren y gozarnos al ver que las
almas son llevadas a los pies de Cristo, cuidadas, enseñadas, cualesquiera
que sean los medios que Él emplee. Los dones son para el cuerpo entero,
cuyos miembros están tan dispersos que solo el Señor conoce
a los que son suyos.
De igual manera es necesario desear y pedir que todos los cargos útiles
para el bien del rebaño, es decir, ancianos (sobreveedores), diáconos
(servidores), sean fielmente ejercidos por hombres calificados según
la Palabra (véase 1.ª Timoteo y Tito), de parte del Señor.
Por desgracia, es más frecuente incurrir en la crítica que interceder
a favor del servicio ejercido para el bien de los santos. ¡Cuán
cierto es que el camino más excelente es el del amor!
Finalmente, estemos bien persuadidos de que la expresión apartarse,
conforme a la segunda cara del sello impreso en el fundamento, no tiene nada
en común con una separación simplemente exterior. El texto de
2.ª Timoteo 2:20-21, nos ordena apartarnos de la iniquidad.
Limpiarnos, separarnos de los vasos de deshonra es una de las aplicaciones
de ese retiro, pero esto podría convertirse en un formalismo como cualquier
otro. No pensemos que por el hecho de reunirnos fuera de las grandes denominaciones
religiosas estamos resguardados de la profesión sin vida. Nos prevalemos
demasiado de una separación que no tiene ningún valor si no brota
del corazón y sólo se contenta con una posición exterior;
el único resultado que se obtiene de ello es el sectarismo y el orgullo
espiritual.
En nuestros tiempos, nadie puede tener la pretensión de buscar grandes
cosas. El intento de restablecer la unidad visible de la Iglesia es sólo
una quimera. ¿Es preciso entonces aceptar que la Iglesia se confunda
con el mundo? ¡Dios nos guarde de ello! ¿Qué comunión
hay entre la luz y las tinieblas? Pero no podemos contentarnos más tiempo
con la idea de una Iglesia invisible, sin testimonio aquí abajo.
No dejemos de repetirlo, el hecho de que la Iglesia sea tan poco visible es
una de las pruebas que manifiestan su ruina. Pero ella está y estará
siempre visible, y sólo allí donde los creyentes tomando
aquí las expresiones de otro «están reunidos y andan
juntos según la Palabra de Dios, dejando que el Espíritu Santo
tenga su lugar en la acción soberana para la gloria del Señor
Jesús. El hecho de que sean dos o tres, o algunos centenares, o bien
millones es un asunto circunstancial. El número de personas que se reúnen
es un asunto secundario».
El mundo puede no compartir esto, pero el cielo está atento a ello.
Ese reducido número es suficiente para que la multiforme sabiduría
de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y
potestades en los lugares celestiales (Efesios 3:10). Tal testimonio dado
en esas condiciones hace resaltar aquí abajo la ruina de lo que fue confiado
al hombre. ¡La prueba de ello es que la inmensa mayoría de aquellos
que se llaman cristianos no quieren asumir o no saben que participan de tal
ruina!
Pero, ¡qué pensamiento sumamente reconfortante es saber que aquello
que el hombre fue incapaz de mantener, Dios mismo lo establecerá pronto
con poder, para su plena gloria. Es la promesa hecha a Filadelfia. A su
tiempo será dicho... ¡Mirad lo que ha hecho Dios! (Números
23:23; VM).
Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más
abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa
en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por
todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén (Efesios 3:20-21).