GUARDAR, RETENER, PERSEVERAR, VELAR
Koechlin M. - (Messager Évangélique, 1931)

Estas palabras, repetidas a menudo en la Palabra, ¿no nos recuerdan cuánto necesitamos que nuestros débiles corazones sean exhortados y alentados, y cuán numerosos son los peligros a los que estamos expuestos? Hemos recibido un magnífico tesoro, ¡guardémoslo! Se nos ha concedido una maravillosa posición; ¡permanezcamos en ella y retengámosla! Tenemos una carrera que recorrer, un objetivo que alcanzar, ¡perseveremos! Hemos sido llamados de las tinieblas a la luz admirable de Dios, ¡velemos! Veamos algunos pasajes respecto a lo que debemos hacer frente a estas responsabilidades:

Guardar la Palabra del Señor

“El que me ama, mi palabra guardará” (Juan 14:23). “El que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado” (1.ª Juan 2:5).

Su Palabra nos habla de Él, de su amor, de su humillación, de su gloria; ella llena nuestros corazones y pensamientos de la persona de Cristo; nos alimenta de Él, reanima nuestra vida; es la Palabra de verdad; somos santificados por ella: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17). Ella nos limpia.

Guardar la Palabra de Dios es la preciosa parte del fiel, tal como lo expresa el Salmo 119: “Mi porción es Jehová; he dicho que guardaré tus palabras” (v. 57). “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (v. 105).

La Palabra nos ha sido confiada para que la guardemos con fidelidad, tal como nos fue dada, en toda su pureza. “Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado” (1.ª Timoteo 6:20). Existen preciosas promesas para aquellos que la guardan; hay promesas hechas a Filadelfia (Apocalipsis 3:8), y promesas para aquellos que guardan la palabra de la profecía (Apocalipsis 1:3; 22:7).


Guardar la fe

Es la exhortación que se le dirige a Timoteo por medio del apóstol Pablo: guardar la fe y una buena conciencia (1.ª Timoteo 1:19). El apóstol lo había hecho y podía decir: “He acabado la carrera, he guardado la fe.” Guardar la fe consiste no sólo en creer lo que se escucha mediante la Palabra de Dios, sino también en obedecer y aguardar la promesa, “la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:13), en vivir por la fe, pues “el justo vivirá por fe” (Hebreos 10:38).


Retener con firmeza

Somos blanco de los ataques del diablo; tenemos que luchar contra él y mantenernos firmes contra sus artimañas; y si no tenemos ninguna fuerza en nosotros mismos para hacerlo, la hallamos en el Señor. Se nos indica que tomemos toda la armadura de Dios (Efesios 6) y que nos vistamos de ella; sus elementos son la verdad, la justicia, el evangelio y la fe que es un escudo que no puede ser taspasado por los dardos de fuego del maligno; y, para vencer a este enemigo, tenemos una espada, la Palabra de Dios, el arma con la cual el Señor lo venció. Santiago, en su epístola, dice: “Resistid al diablo, y huirá de vosotros” (4:7).

El apóstol Pablo, dirigiéndose a los corintos, les dice: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes” (1.ª Corintios 15:58). “Velad, estad firmes en la fe” (1.ª Corintios 16:13). A los hebreos se les dice: “Retengamos (con firmeza) nuestra profesión”; y también: “Mantengamos firme, sin fluctuar la profesión de nuestra esperanza” (Hebreos 4:14 y 10:23).

En el Apocalipsis, cuando el Señor se dirige a las siete iglesias, a Tiatira le dice: “Lo que tenéis, retenedlo (con firmeza) hasta que yo venga”, y a Filadelfia le expresa: “Retén (con firmeza) lo que tienes, para que ninguno tome tu corona” (Apocalipsis 2:25 y 3:11).


Perseverar y velar

El Señor les dijo a sus discípulos que velaran: “Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad” (Marcos 13:37).

Tenemos que velar para no dejarnos sorprender por el diablo, quien merodea alrededor de nosotros; debemos velar como aquellos que esperan a su señor, tenemos que velar en oración: “Perseverad en la oración, velando en ella con acciones de gracias” (Colosenses 4:2). “Velad, pues, en todo tiempo orando” (Lucas 21:36). Tenemos que velar y mantenernos sobrios. “Sed sobrios, y velad” (1.ª Pedro 5:8). “Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios” (1.ª Tesalonicenses 5:6).

Cuando se trata de perseverar, comprobamos cuántos creyentes hay que comenzaron bien pero terminaron mal. Ellos serán salvos así como por fuego, pero no recibirán la corona de justicia que el Señor, juez justo, dará a todos los que aman su venida (su aparición), a aquellos que habrán guardado la fe, que habrán retenido con firmeza y que habrán perseverado y velado. No hay corona para aquellos que se apartan de la verdad, como Himeneo y Fileto, y que trastornan la fe de algunos, o para aquellos que aman este mundo, como Demas.

Muchos peligros se han manifestado desde el principio; peligros que hallamos descritos en las epístolas: los corintios estaban divididos; ellos no guardaban la unidad del espíritu en el vínculo de la paz. Los gálatas no se mantuvieron firmes en la fe; abandonaron el principio de la fe para ponerse bajo la ley. Los colosenses no se asieron con firmeza a aquel que es la Cabeza. Los tesalonicenses estaban en peligro de dejarse turbar por doctrinas extrañas. Los hebreos estaban en peligro de cansarse a causa de los sufrimientos que tenían que soportar. Finalmente, existe el gran peligro, el lazo del diablo en el cual Diótrefes se había dejado atrapar: él estaba hinchado de orgullo.

Dios nos provee la armadura completa para resistir los ataques del enemigo y para escapar de todos estos peligros; pero eso no es todo: Él vela por nosotros para guardarnos, y somos “guardados por el poder de Dios mediante la fe” (1.ª Pedro 1:5). Además, Él “es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría” (Judas 24).

Finalmente, y sobre de todo, es necesario que en nuestros corazones se manifieste el amor hacia nuestro Señor y Salvador, el sentimiento que nos une a su persona, y que tal amor no se debilite. Por el contrario, ¿no debe crecer siempre con el conocimiento de su propio amor, el amor de Cristo que sobrepasa todo entendimiento?

El Señor dice: “El que me ama, mi palabra guardará”, y añade: “Y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.” ¡Que el amor con que Él nos amó esté en nosotros y que permanezcamos en su amor!



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