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Isaías 8:12; 1.ª Pedro 3:14 N.T.I. Gr./Esp)
Ha pasado un año más y hemos llegado a una nueva etapa. Tratemos
de sondear nuestra mente y corazón, para recordar las diversas circunstancias
que hemos vivido durante el año pasado. Sin duda, la mayor parte de
nosotros ha sufrido muchas dificultades, tanto en el orden material como en
el espiritual. Algunos han sido especialmente probados por la enfermedad o
el duelo; otros han visto partir a un hijo, a un esposo o a algún familiar
con rumbo a países lejanos. Luchas, combates, penas, separaciones...
tal es la común parte de los hombres que caminan en este mundo, donde
por todo lugar se ven las consecuencias del pecado. Y los creyentes no están
exentos de estas cosas.
Quizás el año que pasó se caracterizó, más
que otros, por grandes ejercicios espirituales y dolorosas pruebas. Pero, ¡que
nuestras lágrimas no sean nuestro pan! Nunca es conveniente alimentarnos
de nuestras tristezas. ¡Pensemos en todos los cuidados que hemos recibido
del Señor! ¿No ha sido fiel a sus promesas? Su gracia, ¿no
ha preparado anticipadamente el camino a cada uno de los suyos y los ha acompañado?
¡Qué preciosa solicitud de Su parte hemos experimentado en momentos
difíciles! ¿Podríamos recordar todo esto sin sentir un
profundo agradecimiento? Contemos los beneficios que Dios nos ha dado y que
hemos recibido cotidianamente durante el año pasado y quedaremos maravillados
al considerar todo lo que el Señor ha hecho y lo que ha sido para nosotros.
Entonces, de nuestro corazón, subirá la alabanza a su nombre.
Pero también preguntémonos lo que nosotros hemos sido para Él.
¡Sin duda, no podremos hacerlo sino con real humillación! El camino
que hemos recorrido ¿no está marcado por muchos tropiezos? ¡Cuántas
inconsecuencias y quizá hasta faltas graves debemos confesar!
Preguntémonos aún si hemos sabido gozar de todos los privilegios
que recibimos, aprovechando cada ocasión para servir al Señor;
si hemos aprendido algo más de Él, ya sea a través de
la prueba o en la prosperidad, y si hemos adelantado algunos pasos en el campo
espiritual que nos permite discernir mejor el carácter del mundo en
el cual tenemos que caminar, según Juan 17:14-16, y el carácter
tan serio de los tiempos que nos toca vivir. ¡Y cuántas preguntas
más puede formularse cada uno de nosotros! ¡Bendito sea Dios que,
a pesar de todo, no ha hecho con nosotros conforme a nuestros pecados
(Salmo 103:10), y que día tras día nos ha socorrido, manifestando
su poder en nuestra debilidad!
Ahora es necesario mirar hacia delante. ¿Qué nos depara el año
que comienza? Ninguno lo sabe, salvo Dios. Pero, ¿qué esperamos
en este mundo? ¿Días de bienestar, una vida exenta de toda prueba
y un cielo siempre sereno? Ciertamente que éste es el deseo de nuestro
corazón, pero si esperamos eso experimentaremos penosas decepciones.
Recordemos lo que el Señor dijo a sus discípulos, antes de dejarlos:
En el mundo tendréis aflicción (Juan 16:33). Por
otra parte, el carácter que reviste el tiempo actual es particularmente
peligroso.
Quiera Dios que entre su pueblo se encuentren muchos creyentes semejantes
a los doscientos principales de los hijos de Isacar, que eran entendidos
en los tiempos, y que sabían lo que Israel debía hacer
(1.º Crónicas 12:32). Tal discernimiento de los tiempos no servía,
pues, para satisfacer cierta curiosidad, sino que tenía un objetivo
práctico.
Estamos a punto de llegar. El Señor cumplirá su promesa: Vendré
otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros
también estéis (Juan 14:3). Viene para arrebatarnos y encontrarnos
con Él en el aire; luego ejercerá sus juicios sobre este mundo,
antes de establecer su reino. Parece evidente que ya se están delineando,
a grandes rasgos, ciertos eventos proféticos. Pero cuidémonos
de considerar los eventos que se desarrollan actualmente o de estudiar su evolución,
procurando hallar en ellos la confirmación de la palabra profética;
seamos extremadamente prudentes en esto. No olvidemos que estamos en un período
de los caminos de Dios, que ha sido llamado «el paréntesis de
la Iglesia», período durante el cual los tiempos proféticos
no son computados. Los eventos de la profecía volverán a tomar
su curso después del arrebatamiento de los santos, el cual constituye
el primer acto de la venida del Señor.
Por otra parte y esto es un peligro que a menudo se subestima,
no ignoremos que el enemigo procura que fijemos nuestra atención en
los acontecimientos y que nos detengamos a considerarlos más de la cuenta,
a fin de impedir que miremos a lo alto. Al considerar el desarrollo de las
circunstancias que seguirán al arrebatamiento de la Iglesia y que desembocarán
en lo que se describe en 2.ª Pedro 3:10, no nos conviene responder meramente
a lo que los hombres ignoran y quieren conocer ansiosamente, sino que más
bien deberíamos retener y poner en práctica las exhortaciones
del apóstol: Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas,
¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera
de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de
Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos,
y los elementos, siendo quemados, se fundirán! Pero nosotros esperamos,
según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora
la justicia. Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad
con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz
(2.ª Pedro 3:11-14). Tal es el objetivo práctico en vista del cual
se nos ha dado la profecía y el discernimiento de los tiempos.
No nos sorprende que los eventos actuales aterroricen a los hombres de este
mundo. Aunque ellos traten de tranquilizarse afirmando, con mayor o menor convicción,
que se encaminan a una era de progreso y de paz, no obstante, presienten que
se avecinan días sombríos. A pesar de ello, sus más tenebrosos
presentimientos están lejos de darles una idea de lo que será
la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar
a los que moran sobre la tierra, hora de la cual los creyentes
seremos guardados porque, antes de que ella llegue, el Señor,
fiel a su promesa, nos habrá arrebatado y llevado a las moradas celestiales
(Apocalipsis 3:10-11). Teniendo tal esperanza, ¿podríamos asociarnos
al mundo y a los temores que éste experimenta? El temor de ellos
no temáis, ni os turbéis, sino como a Señor a Cristo santificad
en los corazones de vosotros (1.ª Pedro 3:14 N.T.I. Gr/Esp).
¡Quiera Dios que estas palabras permanezcan fijas en nuestra mente a
lo largo de los meses que siguen, si el Señor nos deja en este mundo
hasta que finalice este año!
Las circunstancias que llenan de inquietud y de angustia a este mundo no deben
quitar la paz del creyente; por el contrario, ellas le indican que la liberación
está muy cerca. Cuando Israel abandonó Egipto e iba a cruzar
el mar Rojo, la columna de nube era tinieblas para los egipcios mientras que
alumbraba a Israel de noche (Éxodo 14:19-20). Cuando venga
el Señor, sucederá algo similar: en el tiempo que transcurrirá
después del arrebatamiento de los santos y que precederá a Su
aparición en gloria, el terror de los hombres será una señal
para el remanente piadoso que habrá de ser suscitado en esa época,
una señal que les indicará que la liberación está
cerca: Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en
las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del
bramido del mar y de las olas; desfalleciendo los hombres por el temor y la
expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque
las potencias de los cielos serán conmovidas. Pero cuando
estas cosas comiencen a suceder se le dice al remanente fiel del
fin erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra
redención está cerca. Entonces verán al Hijo
del Hombre, que vendrá en una nube con poder y gran gloria (Lucas
21:25-28). Él aparecerá para establecer su glorioso reino de
justicia y de paz.
¡Que Dios no nos permita caer en el desaliento, y que nos guarde de
todo temor y terror! ¡Que sostenga y fortalezca nuestra fe en medio de
la prueba, y nos conceda la gracia de salir de ella enriquecidos! Y que nosotros,
sin temer lo que los hombres temen, podamos santificar a Cristo como Señor
en nuestro corazón!
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